¿De dónde vienen las buenas ideas?

¿De dónde vienen las buenas ideas? Carlos Holemans, presidente del Club de Creativos, revela 7 claves acerca de las buenas ideas y sobre cómo conseguirlas.

1.

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“Las buenas ideas no están fuera, hay que buscar dentro como si fuéramos espeleólogos.”

2.

El intercambio fertiliza las ideas. Y hay gente con un ego demasiado fuerte que tiene algo de simio, pretenden que su ADN creativo prevalezca sobre los demás. Las personas con un ego enorme ahogan la creatividad de los demás.

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3.

Para tener buenas ideas hay que saber perder el miedo. Cuestionarse el no pero también el . Decir que sí cuestiona la capacidad crítica y creativa. Todos los síes que te han dado te estaban conformando, en ambos sentidos: Te forman y te conforman.

4.

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Todo nos conduce a esa obsesión compulsiva por refinar, refinar y refinar. Detrás de todo creativo hay una fantasía de omnipotencia. El perfeccionismo es una enfermedad y una garantía de sufrimiento. La maldición del perfeccionista es que tiene que entregar. La obra no es sólo suya. Y lo sublime requiere tiempo.

5.

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No es tuya si cumples un encargo. Hay que migrar del encargo a la invención.

Robert Frank nos da un buen consejo:

6.

Como creativo antepongo el qué al cómo, pero lo ideal es cuando se cruza la idea con la ejecución”. De alguna forma hacer es otra forma de pensar. El cómo hagas las cosas modificará siempre las cosas que hagas.

PrimeroelQudespus7.

A todo el mundo le gustaría estar en la cima, pero sólo llega el que disfruta del camino. Convive con la angustia y sé feliz.

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“Nobody tells this to people who are begginers.”

glassLo que nadie le cuenta a los principiantes -desearía que alguien me lo hubiera dicho…- es que todos aquellos que llevamos a cabo proyectos creativos, lo hacemos porque tenemos buen gusto. Por ejemplo, te dedicas a hacer programas de televisión porque te encanta la televisión. Hay cosas que simplemente te encantan.

Así que tienes ese buen gusto. Pero te metes en este lío en el que existe una brecha.

Durante el primer par de años haces cosas, pero no son demasiado buenas. Tratan de ser buenas, tienen potencial, pero no lo son. Pero tu buen gusto, eso que te metió en este lío, todavía es bueno, y es por ese buen gusto que tu trabajo te decepciona.

Mucha gente nunca llega a superar esta fase. Abandonan. Pero te diré algo de todo corazón: casi todo el mundo que conozco que hace proyectos interesantes, creativos, pasaron durante años por esto. Sabíamos que nuestro trabajo no tenía ese algo especial que queríamos que tuviera. Todos pasamos por esto.

Y si estás justo empezando esta fase, si llevas algún tiempo en ella, tienes que saber que es completamente normal y que lo más importante que debes hacer es trabajar mucho. Trabaja incansablemente. Ponte una fecha límite de manera que cada semana termines una historia. Es mejor si tienes alguien esperando el resultado, aunque no te vayan a pagar. Tan sólo con una gran cantidad de trabajo podrás salvar esa brecha, y tu trabajo será tan bueno como tus ambiciones.

En mi caso, me llevó más tiempo darme cuenta de esto que ningún otro que haya conocido. Te va a llevar un tiempo. Es normal que te lleve un tiempo. Simplemente tienes que luchar por superarlo.”

Ira Glass on storytelling

La estremecedora historia del hombre que cae.

The Falling Man

The Falling Man

Hay un algo especial en las historias que cuentan las fotografías.

Tom Junod escribió para The Esquire la historia del hombre que cae. Es más bien la historia de la búsqueda de la identidad del hombre que protagonizó una de las fotografías más icónicas y censuradas de aquel día.“The story behind it, though, and the search for the man pictured in it, are our most intimate connection to the horror of that day.”

En la foto, parte de la tierra como una flecha.  A pesar de que no ha elegido su destino, parece, en sus últimos instantes de vida, haberlo abrazado. Si no fuera porque está cayendo, bien podría haber estado volando. Parece relajado, a toda velocidad a través del aire. Cómodo en las garras de un movimiento inimaginable. No parece estar intimidado por la succión de la gravedad o por lo que le espera.

Los brazos a los costados, se balancean ligeramente. Su pierna izquierda se dobla por la rodilla, casi de casualidad. Su camisa blanca, o chaqueta, o traje, ondea libremente dejando ver los pantalones negros. Aún calza sus botines negros. En el resto de fotos, las personas que hicieron lo que él hizo –los que saltaron- parecen estar luchando contra las horribles discrepancias de escala. Enclenques ante el fondo de las torres, que irrumpen como colosos, ante el acontecimiento en sí. Algunos de ellos están descamisados; sus zapatos salen volando a medida que se precipitan; parecen confusos, como si trataran de nadar por la ladera de una montaña.

El hombre de la foto, por el contrario, es perfectamente vertical, en concordancia con las líneas de los edificios de detrás. Las parte, las divide: Todo a su izquierda en la foto es la Torre Norte; todo lo de la derecha, la Sur. Aunque ajeno al equilibrio geométrico que ha logrado, es el elemento esencial en la creación de una nueva bandera, compuesta en su totalidad por barras de acero que relucen en el sol. Algunos de los que miran la fotografía ven estoicismo, fuerza de voluntad, un retrato de resignación; otros ven algo más –algo discordante y, por lo tanto, terrible: libertad.

Hay algo casi rebelde en la postura del hombre, como si aún habiendo plantado cara a la muerte inevitable, hubiera decidido finalmente aceptarla; como si de un misil se tratara, una lanza empeñada en alcanzar su propio final. Está, quince segundos después de las 9:41 a.m., el momento en que se tomó la foto, en las garras de la física pura, acelerando a una media de 32 pies por segundo al cuadrado. Estará pronto viajando por encima de las 150 millas por hora, y está boca abajo. En la foto, está congelado; en la vida ajena al marco, cae hasta desaparecer.

El fotógrafo no es ajeno a la historia; sabe que es algo que ocurre después. En el momento en que la historia se hace, generalmente, se hace entre terror y confusión, y es decisión de la gente como él –testigos pagados- el tener la sangre fría para realizar su cometido. El fotógrafo tiene esa sangre fría y la ha tenido desde joven. Cuando tenía veintidós años, estaba justo detrás de Bobby Kennedy cuando éste recibió un tiro en la cabeza. Su chaqueta estaba salpicada con la sangre de Kennedy, pero él se subió encima de una mesa y tomó fotografías de los ojos abiertos y decadentes de Kennedy, y después de Ethel Kennedy, agazapada sobre su marido suplicando a los fotógrafos –suplicándole- que no sacaran fotografías.

Richard Drew nunca ha hecho eso. Aunque ha conservado la chaqueta salpicada de sangre, nunca ha dejado de sacar una fotografía, nunca apartó la mirada. Trabaja para la Associated Press. Es un periodista. No depende de él rechazar las imágenes que captura su objetivo, porque nadie sabe cuándo se hace historia hasta que alguien la hace. Ni siquiera está en sus manos distinguir si un cuerpo está vivo o muerto, porque la cámara no hace estas distinciones, y él está en el negocio de fotografiar cuerpos, como lo están todos los fotógrafos, a no ser que seas Ansel Adams. Así, estaba fotografiando cuerpos la mañana del 11 de septiembre de 2001. Asignado por la AP, fotografiaba el desfile de moda de maternidad en Bryant Park, notable, señala “porque contó con modelos realmente embarazadas.” Tenía cincuenta y cuatro años. Llevaba gafas. Tenía poco pelo, barba gris y era duro de roer. En una vida dedicada a la fotografía, había encontrado el modo de ser apacible y brusco al mismo tiempo, paciente y muy, muy rápido. Hacía lo que siempre se hace en los desfiles de moda –“delimitar su territorio”- cuando un cámara de la CNN con un pinganillo anunció que un avión se había estrellado contra la Torre Norte, y el editor de Drew le llamó al móvil. Recogió su equipo en una bolsa y se las ingenió para coger el metro en dirección al centro de la ciudad. A pesar de que seguía funcionando, fue el único que lo cogió.

Se bajó en la estación de Chambers Street y vio que las dos torres se habían convertido en chimeneas. Delimitando su propio territorio, caminó hacia el oeste, donde las ambulancias se iban reuniendo, porque las unidades de rescate “generalmente no te apartan del lugar de los hechos”. Entonces escuchó los gritos ahogados de la gente. Se estremecían porque la gente saltaba desde los edificios.

Comenzó a sacar ráfagas de fotografías a través de una lente de 200mm. Estaba entre un policía y un técnico de emergencias, y cada poco uno de ellos murmuraba “Allí va otro”, su cámara encontró un cuerpo y lo siguió con una secuencia de unos nueve a doce disparos. Sacó otras diez o quince ráfagas antes de escuchar el estruendo en la Torre Sur y presenció, a través de la exclusividad de su objetivo, su colapso. Se vio atrapado en una ruina móvil  pero cogió una máscara de la ambulancia y continuó fotografiando la Torre Norte que explotaba como si de un champiñón se tratara, y llovían escombros. Descubrió que sí que existía eso de “estar demasiado cerca” y, considerando que había cumplido con sus obligaciones profesionales, Richard Drew se unió a la multitud de humanidad cenicienta que se dirigía al norte, anduvo hasta que llegó a su oficina en Rockefeller Center.

No había terror ni confusión en la Associated Press. Había, sin embargo, ese sentimiento de que la Historia se está escribiendo; a pesar de que la oficina estaba más llena de lo que jamás había visto, había “esa maravillosa calma que entra en juego cuando la gente está realmente inmersa en su trabajo”. Así que Drew hizo lo mismo: insertó la tarjeta de su cámara digital en su portátil y pudo reconocer, inmediatamente, lo que tan sólo su cámara había visto –algo icónico en el prolongado aniquilamiento de un hombre que cae. No miró ninguna otra foto de la secuencia; no tenía por qué hacerlo. “Aprendes al editar fotos a buscar el encuadre”, dice. “Tienes que reconocerlo. Aquella foto saltaba de la pantalla por su verticalidad y simetría. Simplemente tenía esa apariencia.”

Envió la imagen al servidor de AP. A la mañana siguiente, apareció en la séptima página del New York Times. Apareció en cientos de periódicos, por todo el país, por todo el mundo. El hombre dentro del encuadre –El hombre que cae– no estaba identificado.

Comenzaron a saltar no mucho después de que el primer avión se estrellara contra la Torre Norte, no mucho después de que el fuego prendiera. Continuaron saltando hasta que la torre cayó. Saltaron a través de ventanas ya rotas y después, más tarde, de ventanas que ellos mismos atravesaban. Saltaban para escapar del fuego y el humo; saltaron cuando los techos se cayeron y los suelos se colapsaron; saltaban para respirar una vez más antes de morir. Continuamente, de todos los costados y  pisos por encima y alrededor de la herida fatal del edificio. Saltaban de las oficinas de Marsh & McLennan, la compañía de seguros. De las oficinas de Cantor Fitzgerald, la compañía comercializadora de bonos. The Windows on the World, el restaurante situado en los pisos ciento seis y ciento siete, la cima. Durante más de una hora y media, las personas que se lanzaban fueron un torrente que manaba del edificio. Una después de otra, consecutivamente más que en masa, como si cada individuo necesitara ver a otro individuo saltando antes de reunir el coraje para saltar él mismo.

(…)

Desde el principio, el espectáculo de la gente destinada a saltar desde los pisos más altos del World Trade Center se resistió a convertirse en un acto de redención. Esas personas fueron llamadas saltadores o los saltadores, como si representaran una nueva clase. La difícil prueba que cientos soportaron en el edificio que luego, en el aire, se convirtió también en una prueba para las miles de personas que los miraban desde el suelo. Nadie pudo acostumbrarse jamás: nadie que hubiera visto esas escenas habría querido verlas de nuevo, aunque muchos –por cierto– hayan vuelto a verlas. Cada saltador, sin importar cuántos hubiera, traía consigo horror, provocaba pánico, era una prueba para el espíritu, asestaba un golpe definitivo. De cualquier forma, aquellas caídas a través del espacio eran espeluznantemente silenciosas. Los que gritaban eran aquellos que estaban en tierra

Fue el panorama de los saltadores el que instó al alcalde Rudy Giuliani a decirle a su jefe policial: «Nos encontramos en aguas desconocidas». Fue el panorama de los saltadores el que instó a una mujer a gemir: «¡Dios, salva sus almas! ¡Están saltando! ¡Oh, por favor, Dios, salva sus almas!». Y fue, por último, el panorama de los saltadores el que proporcionó la medida correctiva para esos que insistían en decir que aquello que estaban presenciando era «como una película», pues era un final tan inimaginable como insoportable.

Eran estadounidenses respondiendo al peor ataque terrorista de la historia del mundo con actos de heroísmo, con actos de sacrificio, con actos de generosidad, con actos de martirio y, por una terrible necesidad, con un prolongado acto (si estas palabras pueden ser aplicadas a un asesinato masivo) de un suicidio en masa.

La mayoría de periódicos estadounidenses publicó la fotografía que Richard Drew tomó del hombre que cae una sola vez. Periódicos de todo el país, desde el Fort Worth Star-Telegram hasta el Memphis Commercial Appeal y The Denver Post, fueron forzados a defenderse contra los cargos que se les imputaba por explotar la muerte de un hombre, quitarle su dignidad, invadir su privacidad y convertir la tragedia en una pornografía de miradas lascivas. La mayoría de cartas de quejas señalaba lo obvio: alguien que viera la imagen podría saber de quién se trataba. Aun así, la fotografía de Drew se convirtió de inmediato en algo icónico y prohibido: el sujeto que caía no fue reconocido.

Un editor del Toronto Globe and Mail envió a un reportero llamado Peter Cheney a resolver el misterio. Al principio, Cheney se sintió abatido ante su cometido. Después de todo, la ciudad completa estaba empapelada con anuncios que mostraban los rostros de los desaparecidos, de los perdidos y de los muertos. Pero se puso manos a la obra y envió la fotografía digital a una tienda que la aclaró y mejoró. En ese momento empezó a surgir la información: pensaba que probablemente que no se tratara de un hombre negro, sino de una persona de piel oscura, posiblemente alguien de origen latino. Tenía perilla. Y la camisa blanca que salía de sus pantalones negros no era una camisa, sino que parecía una especie de túnica, el tipo de casaquillas que usan los empleados de los restaurantes. The Windows on the World, ese restaurante ubicado en los pisos ciento seis y ciento siete de la Torre Norte, perdió a setenta y nueve empleados el 11 de setiembre, así como a noventa y un clientes. Era muy probable que el hombre que cae estuviera entre ellos. ¿Pero cuál de todos podía ser?

Después de comer, Cheney pasó una noche discutiendo el asunto con unos amigos, luego se despidió y caminó a través de Times Square: fue pasada la medianoche, ocho días después de los ataques. Los anuncios de los desaparecidos todavía estaban por todas partes, pero Cheney logró concentrarse en uno que parecía surgir ante él: un anuncio con el retrato de un hombre que trabajaba en The Windows on the World de chef de pastelería, vestido con una túnica blanca, que tenía perilla y era latino. Su nombre era Norberto Hernández. Vivía en Queens.

Llevó la impresión mejorada de la fotografía de Drew a la familia centrándose en el hermano de Norberto Hernández, Tino, y en su hermana Milagros. Ellos dijeron que sí, que era Norberto. Milagros había visto imágenes de gente saltando aquella terrible mañana, antes de que las cadenas de televisión dejaran de transmitir las escenas. Había visto que uno de los saltadores se distinguía por la gracia de su caída (por su parecido a un clavadista olímpico) y supuso que debía ser su hermano. Entonces lo vio y lo supo.

Todo lo que faltaba por hacer era que la esposa de Norberto y sus tres hijas confirmaran su identidad. Pero no querían hablar con él, sobre todo después de que los restos de Norberto fueran encontrados e identificados por su ADN, un torso y un brazo. Así que Cheney asistió al funeral. Llevó consigo la impresión de la fotografía de Drew y se la mostró a Jacqueline Hernández, la hija mayor de Norberto. Ella miró la foto brevemente, luego miró a Cheney y le ordenó que se marchara.

Cheney recuerda que le dijo, en medio de su ira, de su ofendido dolor: «Ese pedazo de mierda no es mi padre».

La resistencia a la fotografía, a todas las fotografías, empezó de inmediato. Empezó aquel día en el suelo. Una madre susurraba a su distraído niño una mentira piadosa: «Quizá sean sólo pájaros, cariño». Bill Feehan, el segundo al mando del departamento de bomberos, cogió a un peatón que estaba filmando vistas panorámicas de los saltadores con su cámara de video, le exigió que la apagara y le espetó: «¿Es que no tiene ni un poco de decencia humana?». Luego él mismo murió cuando el edificio se vino abajo.

En el día de la historia del mundo más fotografiado y grabado, las imágenes de gente saltando fueron las únicas que se convirtieron por consenso en tabú: las únicas imágenes sobre las cuales los estadounidenses se sentían orgullosos de desviar sus ojos.

En todo el mundo la gente vio cómo surgía la corriente humana desde la cima de la Torre Norte, pero aquí, en Estados Unidos, lo vimos sólo hasta que las cadenas de televisión decidieron no permitir esas imágenes terribles, por respeto a las familias de aquellos que morían de manera tan pública.

La CNN mostró las imágenes en vivo, antes de que la gente que trabajaba en la sala de redacción supiera lo que estaba sucediendo. Pero luego, después de lo que Walter Isaacson (por entonces director de la sala de redacción de esa cadena) llamó «discusiones agonizantes», sólo las mostraron cuando las personas de las imágenes aparecían borrosas y eran imposibles de identificar. Finalmente dejaron de mostrarlas del todo. Y así continuó. (…) Los saltadores –y sus imágenes– fueron quedando relegados a la parte más débil de Internet, esos sitios web donde es imposible mirar las imágenes sin tener sentimientos de vergüenza y culpa

(…)

      Las fotografías mienten. Incluso las grandes fotografías. Sobre todo las grandes fotografías. El hombre que cae en la imagen de Richard Drew cayó como lo sugería la foto sólo durante una fracción de segundo. Luego siguió cayendo. La fotografía funcionó como un estudio de la verticalidad perdida, una fantasía de líneas rectas con una figura humana que se astillaba en el centro como una púa. Sin embargo, el hombre que cae cayó en realidad sin la precisión de una flecha ni la gracia de un clavadista olímpico. Cayó como el resto, como todos los demás saltadores: tratando de aferrarse a la vida que estaban dejando. Es decir, cayó de forma desesperada, sin elegancia alguna.

En la famosa fotografía de Drew, su humanidad concuerda con las líneas de los edificios. En el resto de la secuencia, otras once tomas, su humanidad es una cosa aparte. El hombre no está engrandecido por la estética. Es simplemente un ser humano, y esa humanidad, asustada y en algunos casos en posición horizontal, destruye cualquier otra cosa de ese encuadre En la secuencia completa de las fotos, la verdad está subordinada a los hechos que emergen despacio, sin piedad, cuadro por cuadro. En esa secuencia, el hombre que cae muestra su rostro a la cámara en dos cuadros anteriores al que fue publicado, y después de eso hay un develamiento, como si la fuerza generada por la caída le desgarrase de la espalda su casaquilla blanca. Los hechos que aparecen en la secuencia completa sugieren que Peter Cheney, el reportero del Toronto Globe and Mail, tenía razón en algunos aspectos relacionados con sus esfuerzos por resolver el misterio presentado por la foto publicada de Drew. El hombre que caía tiene la piel oscura y perilla. Probablemente se trata de un empleado del servicio de comidas. Parece desgarbado, con la delgadez de su rostro, a la manera de un Cristo medieval, posiblemente acentuadas por el empuje del viento y la fuerza de la gravedad. Pero setenta y nueve personas murieron la mañana del 11 de setiembre cuando fueron a trabajar a The Windows on the World. Otras veintiuna murieron mientras trabajaban en Forte Food, un servicio de catering que servía comida a los negociantes de Cantor Fitzgerald. Muchos de los muertos eran latinos y hombres negros de piel ligeramente clara, hindúes o árabes. Muchos tenían pelo oscuro y corto. Muchos tenían bigotes y perillas. De hecho, a cualquiera que intente imaginar la identidad del hombre que caía, las pocas características que pueden discernirse de las series originales de fotos le generan tantas posibilidades como las que excluyen.

Existe, sin embargo, un hecho decisivo. Quienquiera que sea el hombre que caía llevaba una camiseta de color naranja brillante debajo de su camisa blanca.

Es ese hecho indiscutible el que revela la fuerza brutal de la caída. Nadie puede saber si la túnica o la camisa, abierta por la parte posterior, está saliéndose de su cuerpo por la fuerza, o si la caída sencillamente está desgarrando la tela y haciéndola pedazos. Pero cualquiera puede notar que lleva una camiseta naranja.

Si vieran estas fotografías, los miembros de su familia podrían comprobar que llevaba una camiseta naranja. Podrían recordar incluso si tenía una camiseta naranja, si era el tipo de persona que usaría una camiseta naranja o si usaba una aquella mañana. Seguramente lo sabrían. Alguien podría recordar qué llevaba puesto cuando fue a trabajar esa última mañana de su vida.  Pero ahora el hombre que cae está cayendo a través de algo más que el límpido cielo azul. Está cayendo a través de los vastos espacios de la memoria y está cogiendo velocidad.

(…)

Quizá fuese demasiado temprano para mostrar algo como aquello. Después de todo, en Auschwitz, se exhiben cientos de gafas confiscadas y de dientes extraídos en los campos de concentración nazi. «Hoy se pueden mostrar esas cosas porque aquello ocurrió hace mucho tiempo. Por entonces no hubieran podido mostrar algo así». Sin embargo, sí lo hicieron. Al menos en formato fotográfico, las imágenes de los campos de concentración en Europa fueron tratadas como actos esenciales de atestiguamiento, sin una consideración especial a las sensibilidades de las personas que aparecían en ellas o de las familias sobrevivientes de los muertos. Fueron mostradas como las fotografías de Richard Drew del recién asesinado Robert Kennedy. Como las fotografías de Ethel Kennedy rogando a los fotógrafos que no tomaran fotos. Fueron mostradas también como las fotografías de la niña vietnamita corriendo desnuda después del ataque con napalm. Como las fotos del sacerdote Mychal Judge, gráfica e inconfundiblemente muerto, y aceptadas como un testamento. Fueron mostradas como todo lo que es mostrado, porque al igual que la lente de una cámara, la Historia es una fuerza que no discrimina a nadie.

Lo que distingue a las imágenes de los saltadores de las otras que se tomaron antes es que a nosotros –los estadounidenses– se nos pide discriminar en nombre de ellos. Lo que distingue a estas fotos en términos históricos es que nosotros –como patriotas de este país– nos hemos puesto de acuerdo para no mirar dichas imágenes. Docenas, veintenas, quizá cientos de personas murieron saltando de un edificio en llamas, y nosotros hemos asumido sus muertes como indignas de tener testigos.

Catherine Hernández nunca vio la fotografía que el reportero llevaba bajo el brazo en el funeral de su padre. Tampoco lo hizo su madre, Eulogia. Su hermana Jacqueline sí lo hizo, y su indignación aseguró que el reportero tuviera que marcharse –quizá fue expulsado– antes de causar más daño. Pero la imagen ha seguido a Catherine y a Eulogia y al resto de la familia Hernández.

Para Norberto Hernández no había nada más importante que la familia. Su lema era: «Juntos para siempre». Pero los Hernández ya no están juntos. La fotografía los separó. Aquellas personas que supieron desde el principio que la imagen no correspondía a Norberto –su esposa y sus hijas– se han alejado de otras que contemplaron la posibilidad de que se tratara de él, para beneficio del cuaderno de notas de un reportero.

Cuando Norberto vivía, toda su familia, además de su esposa y sus hijas, vivía en el mismo vecindario de Queens. Ahora Eulogia y sus hijas se han mudado a una casa en Long Island porque Tatiana, que tiene dieciséis años y se parece a Norberto (cara ancha, cejas oscuras, labios gruesos y oscuros, ligeramente sonrientes), sigue teniendo visiones de su padre en la casa y escucha en un susurro las insinuaciones de que murió saltando desde una ventana. –Él no pudo haber muerto saltando desde una ventana.

En todo el mundo, la gente que leyó la historia de Peter Cheney cree que Norberto Hernández murió saltando desde una ventana. La gente ha escrito poemas sobre Norberto saltando desde una ventana. Les llamaban, y  les ofrecían dinero, ya fuera por caridad o como pago por una entrevista, porque leyeron sobre Norberto saltando desde una ventana. Pero él no pudo haber saltado desde una ventana, eso lo sabe su familia, porque él no hubiera saltado desde una ventana: Papi no.

«Él intentaba  volver a casa», comentó Catherine una mañana, en una sala decorada esencialmente con retratos enmarcados de su padre. –Él trataba de volver a casa con nosotras, y sabía que no lo lograría saltando desde una ventana. Catherine es una chica encantadora, de piel oscura, ojos marrones, veintidós años, vestida con una camiseta, una sudadera y sandalias. Está sentada en un sofá al lado de su madre, que tiene la piel color caramelo, el pelo cobrizo y recogido hacia atrás, lleva un vestido de algodón que tiene el color del cielo. Eulogia habla la mitad del tiempo en resuelto inglés, y luego, cuando se frustra, lanza palabras en español disparadas rápidamente al oído de su hija, que traduce: «Mi madre dice que ella sabe que cuando él murió estaba pensando en nosotras. Dice que pudo verlo pensando en nosotras. Sé que suena absurdo, pero ella lo conocía muy bien. Estuvieron juntos desde los quince años».

El Norberto Hernández que Eulogia conocía habría soportado cualquier dolor en lugar de saltar desde una ventana. Y cuando murió el Norberto Hernández que ella conocía, sus ojos quedaron fijos en lo que él vio en su corazón: los rostros de su esposa y de sus hijas, y no en la terrible belleza de un cielo vacío. ¿Cómo de bien lo conocía, Eulogia? «Yo le vestía», dice la mujer en inglés, mientras una sonrisa aparece en su rostro al mismo tiempo que una brillante capa de lágrimas. «Todas las mañanas. Recuerdo aquella mañana. Llevaba calzoncillos Old Navy verdes. Tenía medias negras. Tenía un pantalón azul vaquero. Tenía un reloj Casio. Una camisa Old Navy. Azul. A cuadros». ¿Qué llevaba cuando ella lo llevó a la estación de metro, como siempre hacía, y lo vio despedirse con la mano mientras desaparecía escaleras abajo? «Se cambiaba de ropa en el restaurante», dice Catherine, quien trabajaba con su padre en The Windows on The World. «Era chef de pastelería, de modo que usaba pantalones blancos o pantalones de chef, ya sabe, blanco y negro a cuadros. Usaba una casaquilla blanca. Debajo tenía que llevar una camisa blanca». ¿Y una camiseta naranja? «No», dice Eulogia. «Mi marido no tenía camisetas naranjas».

Hay fotografías. Hay fotografías del hombre que cae mientras caía. ¿Las quieren ver? Catherine responde que no a nombre de su madre: «Mi madre no debería verlas». Pero luego, cuando sale y se sienta en las gradas del portal delantero, dice: «Por favor, muéstremelas. Dese prisa. Antes de que venga mi madre». Cuando mira la secuencia de las doce imágenes deja escapar una llamada ahogado a su madre, pero Eulogia ya está mirando por encima de los hombros de su hija, estirando sus manos hacia las fotografías. Las mira, una después de otra, y luego su rostro queda fijo en una expresión de triunfo y desprecio. «Ése no es mi marido» dice, devolviendo las fotografías. «¿Lo ve? Sólo yo conozco a Norberto». Vuelve a coger las fotografías y entonces, después de estudiarlas, sacude su cabeza con un gesto vehemente y definitivo. «El hombre de estas imágenes es un hombre negro». La mujer pide copias de las fotografías para mostrárselas a la gente que cree que Norberto saltó desde una ventana, mientras Catherine sigue sentada en las gradas, con la palma de su mano extendida sobre su corazón. –Decían que mi padre iría al infierno por haber saltado –dice–. En Internet. Decían que se llevarían a mi padre al infierno, junto con el diablo. No sé lo que hubiera hecho si hubiera sido él. Creo que habría sufrido un ataque de nervios. Me hubieran encontrado en algún centro para enfermos mentales-. Su madre está de pie en la puerta de enfrente, a punto de entrar en la casa de nuevo. Su rostro ha perdido el beligerante orgullo y se ha convertido otra vez en una máscara de tristeza serena, melancólica.

Por favor –dice mientras cierra la puerta en una soleada mañana–. Por favor, limpie el nombre de mi marido.

Un teléfono suena en Connecticut. Contesta una mujer.

Un hombre al otro lado de la línea busca identificar una foto que apareció en The New York Times el 12 de setiembre del 2001. «Dígame cómo es la foto», dice ella. Es una foto famosa, responde el hombre, la famosa foto del hombre que cae. «¿Es la que llaman la zambullida del cisne en rotten.com?», pregunta la mujer. Podría ser, dice el hombre. «Sí, podría tratarse de mi hijo», dice la mujer. Perdió a sus dos hijos el 11 de setiembre. Ambos trabajaban para Cantor Fitzgerald, en la oficina de acciones comunes. Trabajaban espalda con espalda. No, dice el hombre en el teléfono, el hombre de la fotografía es probablemente un empleado de un restaurante. Lleva una casaquilla blanca. Está de cabeza. «Entonces no es mi hijo», dice ella. «Mi hijo tenía una camisa negra y pantalones caquis». Sabe lo que su hijo llevaba puesto por su empeño en saber lo que había sucedido con sus hijos aquel día. Por su determinación de buscar y mirar. Pero no siempre tuvo esa determinación, en absoluto. Dejó de leer el periódico después del 11 de septiembre, dejó de ver televisión. Hasta que en Año Nuevo cogió una copia de The New York Times y vio, en una recopilación de fin de año, una fotografía de los empleados de Cantor Fitzgerald apiñándose al filo del precipicio formado por un edificio agonizante. De modo que llamó al fotógrafo y le pidió agrandar y aclarar la imagen. Le exigió hacerlo. Y entonces supo, y supo tanto como era posible saber. Sus dos hijos están en la foto. Uno estaba parado en la ventana, casi con descaro. El otro estaba sentado en el interior. No necesita decir lo que pudo haber pasado luego.

«A lo que me aferro es a que mis dos hijos estaban juntos», dice mientras unas lágrimas repentinas hacen que su voz se alce una octava. «Pero a veces me pregunto cuándo lo supieron. Se ven desconcertados, inseguros, están asustados. ¿Pero cuándo lo supieron? ¿Cuándo llegó el momento en que perdieron las esperanzas? Quizá todo haya sucedido muy rápido».

El hombre al teléfono no le pregunta si piensa que sus hijos saltaron. No tiene que poner las cosas en claro y, de todos modos, ella ya le ha dado una respuesta.

Los Hernández consideraban la decisión de saltar como una traición al amor y como esa condenación al infierno de la que acusaban a Norberto. La mujer de Connecticut consideró la decisión de saltar como la pérdida de la esperanza, como una carencia con la que nosotros, los seres vivientes, tenemos que vivir. Optó por afrontar los hechos buscando, mirando, tratando de saber qué pudo haber sucedido, realizando una pesquisa bajo la forma de testigo privado. Podría haber optado por quedarse con los ojos cerrados. De modo que ahora el hombre al teléfono le hace la pregunta por la cual le había llamado: ¿Cree usted que ha tomado la decisión correcta? –Tomé la única decisión que podía tomar –responde la mujer–. Nunca habría podido elegir no saber. Catherine Hernández creyó reconocer al hombre que caía apenas vio la serie de fotografías, pero no pronunció su nombre.

«Tenía una hermana que ese día estuvo a su lado –dice–, y le dijo a su madre que la cuidaría. Jamás la hubiera dejado sola saltando». Explica, sin embargo, que el hombre era hindú, de modo que era fácil imaginar que su nombre fuera Sean Singh. Pero Sean era demasiado pequeño para ser el hombre que caía. Estaba completamente afeitado. Trabajaba en The Windows on The World en el departamento de audiovisuales, de modo que probablemente estaría usando camisa y corbata en vez de una casaquilla de chef. Ninguno de los otros empleados de The Windows on The World que fueron entrevistados antes pensaba que el hombre que cae pudiera parecerse a Sean Singh en lo más mínimo. –Además, él tenía una hermana. Jamás la hubiera dejado sola.

Un gerente de The Windows on The World miró las fotografías una vez y dijo que el hombre que cae era Wilder Gómez. Unos días después, las estudió con mayor detenimiento y cambió de parecer. No era su pelo. No era su ropa. No era su tipo de cuerpo. Lo mismo sucedió con Charlie Mauro. Lo mismo con Junior Jiménez. Junior trabajaba en la cocina y habría llevado puestos pantalones a cuadros. Charlie Mauro trabajaba en el área de suministros y no tenía por qué usar una casaquilla blanca. Además, Charlie era un hombre muy grande. El hombre que caía parecía bastante corpulento en la foto publicada de Richard Drew, pero su figura es casi alargada en el resto de la secuencia. Los demás empleados de la cocina, como el propio Norberto Hernández, fueron eliminados considerando su vestimenta. Los mozos de banquetes podrían haber estado vestidos de blanco y negro, pero nadie recuerda a ningún mozo de banquete que se pareciera al hombre que cae.

Forte Food era la otra compañía que brindaba servicios de comida y que perdió gente el 11 de setiembre de 2001.Pero todos sus empleados hombres trabajaban en la cocina, lo que significa que usaban pantalones a cuadros o blancos. Y nadie hubiera podido usar una camiseta naranja debajo de la casaquilla blanca. Pero alguien que solía trabajar para Forte Food recuerda a un hombre que solía aparecer por allí, llevando comida para los ejecutivos de Cantor. Un hombre negro. Alto, con bigote y una perilla. Usaba una casaquilla de chef, abierta, con una camiseta de color llamativo debajo. Nadie en Cantor recuerda haber visto a alguien así. Por supuesto, la única manera de descubrir la identidad del hombre que cae era llamar a las familias de cualquiera que hubiera podido ser el hombre que caía y preguntarles lo que sabían de sus hijos o de sus maridos o de sus padres el último día que estuvieron en esta tierra. Preguntarles si alguno de ellos fue a trabajar con una camiseta naranja. ¿Pero deberían hacerse esas llamadas? ¿Deberían hacerse esas preguntas? ¿Añadirían sólo dolor a la angustia que ya atormentaba a aquellas personas? ¿Serían preguntas consideradas como un insulto a la memoria del muerto, tal como la familia Hernández consideró la acusación de que Norberto Hernández era el hombre que caía? ¿O serían consideradas como un paso hacia algún acto de testimonio redentor?

Jonathan Briley trabajaba en The Windows on the World. Algunos de sus colegas, al ver las fotografías de Richard Drew, pensaron que podría tratarse del hombre que cae. Era un hombre de piel ligeramente negra. Medía más de un metro noventa y cinco. Tenía cuarenta y tres años. Tenía bigote, perilla y el pelo muy corto. Una esposa llamada Hillary. Su padre era predicador, un hombre que había dedicado toda su vida al servicio de Dios. Después del 11 de setiembre, reunió a su familia para pedirle al Señor que le dijera dónde estaba su hijo. Se lo exigió y utilizó estas palabras: «Señor, exijo saber dónde está mi hijo». Durante tres horas seguidas rezó con voz profunda, hasta agotarse la gracia que había acumulado durante toda una vida con la insistencia de su petición. Al día siguiente, el FBI lo llamó. Habían encontrado el cuerpo de su hijo. Estaba milagrosamente intacto.

El hijo menor del predicador, Thimothy, fue a identificar a su hermano. Lo reconoció por sus zapatos: un par de botines negros. Thimothy le sacó uno y se lo llevó a casa guardándolo en el garaje, como una especie de conmemoración.

Thimothy sabía lo del hombre que cae. Era policía en Mount Vernon, Nueva York, y la semana de después de que su hermano muriera, alguien había dejado un periódico del 12 de setiembre abierto en el vestuario. Vio la fotografía y, con rabia, se negó a volver a mirarla. Pero no pudo tirarla. Al contrario, la guardó en la parte inferior de su armario. Allí, junto al botín, se convirtió en un objeto permanente.

La hermana de Jonathan, Gwendolyn, también conocía la existencia del hombre que cae. Había visto la fotografía el día en que la publicaron. Sabía que Jonathan tenía asma, y que, en medio del humo y el calor, habría hecho cualquier cosa por respirar.

Ambos, tanto Thimothy como Gwendolyn, sabían qué usaba casi siempre Jonathan cuando iba a trabajar. Una camisa blanca y pantalones negros, junto con los botines. También sabían lo que Jonathan solía llevar debajo de su camisa: una camiseta naranja. Jonathan Briley llevaba esa camiseta naranja para ir a cualquier sitio. Llevaba esa camiseta naranja todo el rato. La llevaba tan a menudo que Thimothy solía burlarse de su hermano: ¿Cuándo te librarás de esa camiseta naranja, flaco?

Pero cuando Thimothy identificó el cuerpo de su hermano, no pudo reconocer su ropa, a excepción de sus botines. Y cuando Jonathan Briley fue a trabajar aquella mañana del 11 de setiembre de 2001, salió de casa temprano y se despidió de su esposa mientras ella todavía dormía. Nunca vio la ropa que llevaba puesta. Después de enterarse de que su marido estaba muerto, recogió sus cosas, se libró de ellas y nunca hizo ningún tipo de inventario sobre los artículos que podrían haber faltado.

¿Sería Jonathan Briley el hombre que caía? Podría serlo. Pero quizá no saltó desde la ventana como una traición al amor o porque perdió la esperanza. Quizá saltó para cumplir con los términos de un milagro. Quizá saltó para acercarse a su familia.

Quizá no saltó en absoluto, porque nadie puede saltar a los brazos de Dios.

Sí, Jonathan Briley podría ser el hombre que cae. Pero la única certeza que tenemos es la que teníamos al empezar la búsqueda: quince minutos después de las 9:41 a.m. del 11 de setiembre de 2001, un fotógrafo llamado Richard Drew tomó una fotografía de un hombre cayendo a través del cielo, cayendo a través del tiempo y del espacio. La imagen dio la vuelta al mundo y luego desapareció, como si hubiéramos renunciado a  ella.

Una de las fotografías más famosas de la historia de la humanidad se convirtió en una tumba sin nombre, y el hombre enterrado dentro del encuadre, el hombre que caía, se convirtió en el Soldado Desconocido de una guerra cuyo final no hemos visto todavía.

La foto de Richard Drew es todo lo que sabemos de él y, sin embargo, todo lo que sabemos de él se convierte en una medida de lo que sabemos sobre nosotros mismos. La fotografía es su cenotafio y, como todos los monumentos dedicados a la memoria de los soldados desconocidos en todas partes, nos pide que la miremos y hagamos un simple reconocimiento.

Es decir, que hemos sabido todo el tiempo quién es el hombre que cae.

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