Una historia para sonreír.

Hay historias que te hacen sonreír y pensar que puede que al fin de al cabo, no seamos tan malos como parece.

Y contar una de estas historias me parece la mejor forma de empezar este nuevo año. La escuché en la radio hace poco, tan bien contada por Carlos Alsina que merece la pena transcribirla.

Esta historia empieza y termina con un niño llamado Danny Keefe.

Tiene seis años y muchas características que lo definen. Es rubio. Tiene el pelo liso y peinado con raya a la izquierda. Es de los menos altos de su clase. Es de los que, cuando se lo proponen, es capaz de chillar más alto. Le gusta dibujar ventanas con un rotulador gordo. Y le gusta el fútbol americano. Le gusta tanto que, aunque sólo tiene seis años, hace de aguador para el equipo de su colegio, el que forman los chicos mayores, los de diez años. ¿Que qué es aguador? Pues el que lleva el agua. Se encarga de las botellitas de plástico de los partidos, y él las lleva de una forma un poco llamativa porque tiene una forma llamativa de caminar. No es un chaval muy coordinado, digamos. Y tampoco muy hablador, porque hablar no se le da muy bien. Le cuesta traducir lo que piensa a esto que llamamos el lenguaje verbal, o sea, decir cosas. Cuando los chicos mayores –los de diez años- le preguntaron al entrenador por qué Danny hablaba tan raro y por qué se movía de esa forma tan…curiosa, el entrenador les soltó una palabra que les sonó a chino pero que ya no han olvidado. Les dijo: Apraxia. ¿Podría repetir? Apraxia.

Que falla un poco la conexión entre la idea y su ejecución. Es como si tú dijeras: voy a decirles a estos señores una cosa. Pero a tu cuerpo le costara entender que para eso tiene que mover la boca.

Los mayores lo entendieron a la primera porque les recordó lo que a ellos mismos les pasa cuando se acaban de despertar por la mañana. Que su cabeza dice: a levantarse. Pero su cuerpo se hace el loco y sigue tan feliz, ahí tumbado. Por lo menos esa es la explicación que Tommy, el capitán del equipo, le dio a su madre la otra mañana: “Es que mi aparato motor”, le dijo, “es como un ordenador, desde que lo enciendes hasta que puedes hacer con él ya alguna cosa pasan varios minutos”. Tommy se lo dijo convencido de estarle descubriendo a su madre un mundo nuevo de conocimientos anatómico-informáticos, pero todo lo que ella le respondió fue: “Anda, anda, anda”.

Que en el idioma de las madres significa que no se han creído nada. Se nota porque lo repiten tres veces. Un solo “anda” es que “vamos”. “Anda, anda” es “no me cuentes cuentos”. Y “anda, anda, anda” es no me cuentes cuentos que soy tu madre, listillo. Ese día ella hizo ver que se enfadaba, pero en realidad la madre de Tommy está muy orgullosa de él.

Y está muy orgullosa de él porque se ha enterado de lo que Tommy hizo cuando supo que el niño aguador de su equipo de fútbol, Danny (el del pelo rubio y los movimientos (descoordinados) estaba pasándolo un poco mal por culpa de un grupito de enanos como él, los pequeños de seis y siete años, que le gastaban bromas pesadas, le ponían motes y se reían de él todo el tiempo. Ah, porque no os he contado que, además de todas las características de Danny que antes os dije (el pelo rubio, los dibujos que hace con rotulador, lo que chilla cuando se pone) hay otra que ésta sí que es suya y  solo suya.

A Danny, seis años, le encanta ir al colegio con chaqueta, corbata y un sombrero de fieltro. Qué te parece. Todos los días, además de su pantalón, su camisa, sus calcetines, se pone una corbata, un sombrero y una chaqueta, que como cuesta encontrarlas de su talla es posible que le queden un poquito grandes, pero tan elegante que se ve él y tan contento que está con su vestuario. A sus padres no les preguntes de dónde le salió a su niño la afición a encorbatarse porque juran que no lo saben. Y si el chaval, en esto, ha salido precoz, adelantándose a la cantidad de corbatas que tendrá que ponerse cuando sea adulto, pues no le iban a frustrar la iniciativa.

El caso es que Danny se presentaba en clase bien trajeado y un grupito de compañeros se empeñaban en martirizarle todo el tiempo tocándole las narices hasta que se avergonzara de ser como es. Entonces se enteró Tommy, el capitán del equipo de fútbol de los mayores. Lo primero que hizo fue enfadarse, porque le parecía increíble que esos niños pudieran ser tan crueles sabiendo que Danny tenía eso que les había dicho el entrenador, ¿cómo era?, “Apraxia”. Pero después se le ocurrió una idea que hizo que el enfado se le pasara. Porque supo que era una muy buena idea. Se la contó a los demás miembros del equipo y a ellos les pareció una pasada de idea. Y cuando se la contó a su madre, ella primero se quedó así, muda y con los ojos muy abiertos, después se le empezó a poner como agüilla en los ojos y luego le dijo “¡Anda!”.

Sólo un “anda”. Que en el idioma de las madres significa “Vamos”. ¡Haz realidad la idea y ayuda a Danny!

Al día siguiente, cuando Danny llegó al colegio con su chaqueta y su corbata, se cruzó con un niño que también iba trajeado. Y dos metros después, otro niño. Y luego, otro. Y cinco de los mayores que iban todos juntos presumiendo de sus corbatas. Y en la puerta de su clase, esperándole, todos los jugadores del equipo de fútbol vestidos como él. A Danny se le abrieron tanto los ojos que los que le vieron le dijeron luego que parecía un dibujo animado japonés. Y también que se le había puesto un poco de agüilla en los ojos, como a la madre de Tommy.

Los niños que le hacían la vida imposible se quedaron tan cortados que a lo mejor hasta se avergonzaron un poco de ellos mismos. Y se morían de envidia cuando medio colegio empezó a vitorear a Danny y a decirle que es el niño más genial que ha habido nunca en primaria, y el que mejor lleva las botellas de agua en los partidos. Él no dijo apenas nada, porque hablar no es su especialidad, pero su madre ha contado luego que esa noche se fue a dormir llorando a moco tendido. Y que cuando ella, preocupada, le dijo: “Pero hombre, ¿por qué lloras?” -bueno, seguramente se lo dijo en idioma más de madre, “¿Qué tienes, cariño mío?”- Danny le respondió que lloraba de alegría porque nunca se había sentido tan, tan, tan querido. Fin.

Es una bonita historia, ¿No os parece?

Image.

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