Nunca fue un genio, ni puñetera falta que le hizo.

“El hombre mediocre es incapaz de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar. De ahí que se vuelva sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades y así se vuelva parte de un rebaño o colectividad, cuyas acciones o motivos no cuestiona, sino que sigue ciegamente. El mediocre es dócil, maleable, ignorante, un ser vegetativo, carente de personalidad, contrario a la perfección, solidario y cómplice de los intereses creados que lo hacen borrego del rebaño social. Vive según las conveniencias y no logra aprender a amar. En su vida acomodaticia se vuelve vil y escéptico, cobarde. Los mediocres no son genios, ni héroes ni santos. Un hombre mediocre no acepta ideas distintas a las que ya ha recibido por tradición (aquí se ve en parte la idea positivista de la época, el hombre como receptor y continuador de la herencia biológica), sin darse cuenta de que justamente las creencias son relativas a quien las cree, pudiendo existir hombres con ideas totalmente contrarias al mismo tiempo. A su vez, el hombre mediocre entra en una lucha contra el idealismo por envidia, intenta opacar desesperadamente toda acción noble, porque sabe que su existencia depende de que el idealista nunca sea reconocido y de que no se ponga por encima de sí.

El hombre mediocre. José Ingenieros

“La mediocridad —la cualidad de quien se encuentra en el medio— define a la mayoría. Es inapelable. Eliminando a los mejores y a los peores, quedamos todos los demás. El vulgar montón.

La mayoría, por lo tanto, es normal. Es común y corriente. Ni alta ni baja. Ni lista ni tonta. El individuo medio es más o menos como todos los demás, excluyendo —claro está— a quienes destacan por arriba o por abajo.

Y al individuo medio, como no podría ser de otro modo, le gustan las cosas que le gustan a la mayoría. Por lo general, cosas normales. Ni demasiado simplonas ni demasiado complejas. Ni demasiado apagadas ni demasiado estridentes. Es cierto que a veces lo mayoritario coincide con lo extraordinario, pero son casos contados que, para bien o para mal, entran dentro de lo probable y lo razonable.

El consumo de cultura, sin ir más lejos, es un buen ejemplo de ello. Salvo excepciones, los bestsellers no suelen caracterizarse por una altura intelectual de vértigo. Tampoco por lo contrario. Habitualmente son productos tan amenos como accesibles. Al alcance de la mayoría y de entidad suficiente como para no resultar anodinos. Los libros más vendidos, las canciones más radiadas… El mercado responde a la demanda del “gran público”, que se caracteriza por su medianía. Por hallarse en el extenso medio. Por coincidir, en cuanto a sus gustos, con casi todos los demás.

Sin embargo, en este juego de apariencias en el que vivimos, a nadie le gusta ser confundido con uno más. Al contrario, todos queremos sobresalir. Distanciarnos en la medida de lo posible de ese tipo tan soso y cargante que es el individuo medio. Y ya que hablamos de cultura, una forma eficaz de hacerlo es dar un par de toques de maquillaje a nuestros intereses y elevarlos así un pelín sobre los de la corriente y moliente masa. Que por algo somos menos iguales que el resto. Llevemos esto al extremo y descubriremos el apasionante mundo imaginario de los gafapastas.”

Manuel de Lorenzo

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