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ImageMi amo había observado a menudo (como estudiante del miedo que siempre declaraba ser) que los pensamientos del guerrero cuando estaba a punto de emprender una acción siguen una pauta invariable e ineludible. Aparece siempre un intervalo, a menudo tan breve como un latido del corazón, en el que el ojo interior evoca la siguiente visión tripartita, a menudo en el mismo orden. 

Primero aparecen en el fondo del corazón los rostros de los seres a los que ama y que no comparten con él el peligro inmediato: su esposa y madre, sus hijos, en particular si son mujeres, en particular si son jóvenes. A los que quedarán bajo el sol y conservarán en su corazón el recuerdo de su paso, el guerrero los saluda con afecto y compasión. A ellos les lega su amor y de ellos se despide. 

A continuación aparecen ante el ojo interior las sombras de los que ya han cruzado el río, los que esperan en la distante orilla de la muerte. Para mi amo se trataba de su hermano latrocles, su padre, su madre y el hermano de Aretes, Idotíquides. También a éstos el corazón del guerrero saluda en silenciosa visión, pide su ayuda y luego se va. 

Por último avanzan los dioses, cualesquiera que el hombre crea que le han favorecido más, cualesquiera a los que él crea que más ha favorecido. A su cuidado libera su espíritu, si puede. Sólo cuando ha cumplido esta triple obligación regresa el guerrero al presente y vuelve, como si despertara de un sueño, a los que tiene junto a sí, a aquellos que en un momento sufrirán con él la prueba de la muerte. Ahí, observaba a menudo Dienekes, es donde los espartanos tienen ventaja sobre todos los que se enfrentan a ellos en la batalla. ¿Bajo qué estandarte ajeno podía uno mirar y descubrir junto a él a hombres como Leónidas, Alfeo, Marón o Doreión, Polínices y mi amo Dienekes? A los que compartirán la barca con él, el guerrero los abraza con un amor que sobrepasa a todos los que los dioses conceden a la humanidad, salvo el de una madre por su hijo. A ellos lo entrega todo, como ellos lo entregan todo a él.

Puertas de fuego. Steven Pressfield. 

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