La mirada de los cien metros.

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Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña -y lo que te queda todavía- no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando. 

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.

Nadie dijo que fuera fácil. Arturo Pérez-Reverte.

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De la explosión de una supernova.

Hand of God (NASA)

Hand of God

Antes de juzgar a otros o reclamar cualquier verdad absoluta, considera que puedes ver menos del 1% del espectro electromagnético y escuchas menos del 1% del espectro acústico. Mientras lees esto estás viajando a 220 kilómetros por segundo a través de la galaxia. El 90% de las células en tu cuerpo cargan su propio ADN microbiano. Los átomos de tu cuerpo son 99.999999999999% espacio vacío y ninguno de ellos es el mismo con el que naciste, pero todos fueron originados en las entrañas de una estrella. Los seres humanos tienen 46 cromosomas, 2 menos que la patata común. La existencia del arcoíris depende de los receptores cónicos en tus ojos; para los animales sin conos, el arcoíris no existe. Así que no solamente contemplas el arcoíris, sino que lo creas. Esto resulta bastante asombroso, especialmente teniendo en cuenta  que todos los colores que percibes, suponen menos del 1% del espectro electromagnético.

Sergio Toporek

¿Tú rezas?

Posib-¿Tú rezas?

-A veces. Desde que te conozco, bastante.

-¡Anda!

Paula siempre dice “¡anda!” cuando algo le sorprende y le gusta al mismo tiempo. Y pone en esa extresión un acento muy suyo.

-¡Anda! Ya me explicarás.

-Es muy sencillo -dije-. Desde que apareciste en el Cunqueiro, al Dios que se ha lucido contigo le pido que nunca desaparezcas de mi vida.

 

Vigo es Vivaldi. José Ramón Ayllón

Y aun así la caja no está colmada.

Cuando John Steinbeck tuvo listo el manuscrito de su obra Al Este del Edén, fue a su gran amigo y editor en aquel momento Pascal Covici, presentándoselo en una caja de madera que él mismo había tallado. Al inicio del mismo, en la primera página, Pascal –a quien Steinbeck llamaba Pat –se encontró con esta dedicatoria:

Querido Pat:

Viniste a verme cuando estaba tallando una figurilla de madera, y me dijiste: “¿Por qué no me haces algo?”

Te pregunté qué querías, y respondiste: “Una caja”.

-¿Para qué?

-Para guardar cosas.

-¿Qué cosas?

-Todo lo que tengas –dijiste.

Bien, aquí tienes la caja que querías. Dentro he guardado casi todo lo que tengo, y todavía no está llena. En ella hay dolor y pasión, buenos y malos sentimientos y buenos y malos pensamientos, el placer del proyecto, algo de desesperación y el gozo indescriptible de la creación.

Y, por encima de todo, la gratitud y el afecto que siento por ti. Y aun así la caja no está colmada.

John

Quizás sea la palabra más importante del mundo.

Pero la palabra hebrea, Timshel, o sea, “tú podrás”, permite escoger. Quizás sea la palabra más importante del mundo, pues da a entender que el camino está abierto y plantea este acuciante problema: si dice “tú podrás”, también es cierto que podría decir “tú no podrás”. ¿No lo comprende? (…) El “tú podrás” hace grande al hombre, lo pone al lado de los dioses, porque a pesar de su debilidad, de su cieno y de haber dado muerte a su hermano, todavía le queda la gran libertad de escoger. Puede escoger su camino, luchar para seguirlo y vencer.

La voz de Lee era un himno triunfal.

-¿Y usted lo cree? –preguntó Adam.

-Sí, lo creo. Lo creo. Es muy fácil salir de la pereza y de la ociosidad y arrojarse en el regazo de la divinidad, diciendo “No puedo evitarlo; el destino estaba escrito”. ¡Pero imaginen la gloria que representa la facultad de escoger! Gracias a ella el hombre es hombre. Un gato no puede escoger, una abeja está obligada a hacer miel. Aquí no hay ninguna clase de piedad. (…) Entonces siento que soy un hombre. Y también que un hombre es algo muy importante, acaso más importante que una estrella. Esto no es teología. No me siento inclinado hacia los dioses. Pero experimento un nuevo amor por ese resplandeciente instrumento que es el alma humana; es algo maravilloso y único en el universo, siempre atacada y jamás destruida, gracias a ese “tú podrás”.

Oli McAvoy

Oli McAvoy

Al Este del Edén. John Steinbeck.

Y además no caen un poquito, no.

“Cuando un niño comprende por primera vez a los adultos –es decir, cuando se abre paso por primera vez en su grave cabecita la idea de que los adultos no están dotados de una inteligencia divina, de que sus juicios no son siempre acertados, ni su pensamiento infalible, ni sus sentencias justas, su mundo se desmorona y la desolación se apodera de él. Los dioses han caído y ha desaparecido toda seguridad. Y además no caen un poquito, no, se destrozan y se hacen añicos, o bien se hunden en las profundidades del estiércol. Es una tarea muy fatigosa la de reconstruirlos; ya no vuelven a brillar jamás con su antiguo resplandor. Y el mundo infantil ya no vuelve a ser jamás un mundo seguro. Es una manera muy dolorosa de crecer.”

 Al Este del Edén. John Steinbeck.