El Universo quiere que lo observen.

Joseph Ebberwein Turquoise Ocean

A veces parece que el Universo quiere que lo observen. Eso es lo que creo. Creo que el Universo quiere que lo observen. Creo que, aunque no lo parezca, el Universo se posiciona a favor de la conciencia, que recompensa la inteligencia en parte porque disfruta de su elegancia cuando lo observa. ¿Y quién soy yo, que vivo en mitad de la historia, para decirle al Universo que algo -a mi observación de algo- es temporal?

“Un dolor imperial.” Bajo la misma estrella. John Green.

Monet y el final del verano.

Monet Aunque desconozco las razones, siempre he asociado los cuadros de Monet con el final del verano. Me viene a la cabeza un lienzo en el que dos mujeres vestidas de banco, una con sombrilla, miran el mar desde un alto acantilado. Contrasta el verde de la hierba con el intenso azul del océano en el que aparecen como contrapunto las nubes y algunos barcos de vela.

Monet es un gran retratista de los instantes. No en vano solía decir que él no pintaba lo que veía sino cómo lo veía. Y no hay nada más subjetivo que un momento, que un pequeño fragmento del tiempo que queda grabado en la memoria sin que sepamos por qué.

Me gustan particularmente sus cuadros de los acantilados que muestran cómo la realidad cambia en función de la luz y de nuestro estado de ánimo. Yo he pasado muchas tardes en la Apotiquerie, en la costa oeste de Belle-Île, contemplando ponerse el sol bajo el horizonte del mar mientras el agua batía furiosamente las rocas.

Pero también me encantan sus trabajos en la época final en su casa de Giverny, en los que retrata las ninfeas de los estanques de su jardín. Monet lleva al máximo la abstracción de la pintura y consigue fijar en el cuadro un momento y un detalle que trascienden la materialidad de los objetos.

Volviendo al comienzo de estas reflexiones, es probablemente el final del verano la época del año en la que más se percibe la fugacidad de la vida. Los días se acortan, las hojas se agostan, las vacaciones se acaban. Y sentimos la melancolía de la cercanía del otoño y la vuelta a las rutinas habituales.

Es ahora, cuando el tiempo se contrae, cuando abrimos los ojos y nos damos cuenta de la belleza que no habíamos visto pese a tenerla delante. O cuando apuramos una copa de vino o nos detenemos en el fragmento de un libro. O cuando un soplo de brisa hace temblar una cortina.

Son esos momentos en los que nos sentimos vivos y gozamos de la intensidad de una existencia que se escurre como si intentáramos retener el agua entre las manos. Ahí esta y estará siempre Monet y ese atardecer rojo que ilumina la silueta de San Giorgio en Venecia. Hay algo de inacabado en este cuadro que refleja la apoteosis del final del día en ese instante en el que todo brilla bajo la luz solar antes de la llegada de la oscuridad.

Monet y el final del verano. Cuartango

Todo cabe en un ojo, incluso una mirada.

Clark Brewer

LOS OJOS. Hoy necesito escribir sobre los ojos y no podría escribir de otra cosa. Tal vez porque he soñado un cuento de Gabriel García Márquez que se titula Ojos de perro azul. Trata de un hombre que mira a una mujer en un sueño. La está mirando de espaldas, aunque en realidad es ella quien le mira a él. ¿Se puede mirar de espaldas?

En realidad, ese hombre sabe que está soñando y no quiere despertarse para que la mujer no se esfume. Pero lo importante de la historia son los ojos. Los míos. O tal vez los tuyos. Lo que vemos o lo que nos ve.

No hay nada más personal que los ojos, esa puerta abierta que nos conecta con el mundo. Y es que cada ojo es un universo infinito con una cartografía única. Todo cabe en un ojo, incluso una mirada.

Pero la cuestión es qué vemos y qué miramos. Tal vez siempre nos estamos viendo a nosotros mismos pero no lo sabemos. O a lo mejor la realidad sólo existe a través de nuestros ojos. El obispo Berkeley creía que sólo podíamos ver a Dios. Pero también es verosímil que veamos la nada, que todo sea una mera ilusión de los sentidos.

No, eso no es posible porque yo me asomo en tus ojos. Tal vez los míos me engañen, pero no los tuyos donde se refleja toda la geografía del mundo. Sin ellos no soy yo, sin tu mirada no existe la mía. Es como un infinito juego de espejos contrapuestos que nos devuelven imágenes en las que yo me veo a través de ti.

Ahora que voy perdiendo la vista, que necesito leer con gafas, me doy cuenta de lo que deben sentir los ciegos. Vivir sin ver tiene que ser peor que una pesadilla porque no existe el mundo si no podemos mirarlo.

Somos nuestros ojos y si algún día nos encarnamos tendremos otras manos, otro color del pelo, otra cara, otra edad y otra estatura, pero siempre los mismos ojos. Esos ojos que nos miran, con los que miramos sin mirar.

Hay una química de las miradas. Eso lo sabemos, pero en ocasiones nos asusta la intensidad. Ver es más fuerte que amar o quizás es lo mismo. Lo que es seguro es que primero vemos y luego amamos en el lance de recreación de la mirada.

He llegado a un punto que me dan miedo mis ojos. A veces puedo ver demasiado y el contraste entre la realidad y el deseo me frustra. Pero sigo mirando sin saber por qué. Probablemente porque tengo ojos y no me los puedo arrancar de la cara.

Mis ojos son mi felicidad y mi tormento. Son mi espejo, mi condena, mi pensamiento. Estoy encadenado a ellos como Sísifo a las rocas que debía subir a la montaña una y otra vez. No es una buena metáfora, pero expresa el sufrimiento de la mirada, de tener que abrir los ojos cada día.

Malos tiempos para tener ojos, pero peor sería no tenerlos. Ellos deciden, miran por mi. Yo no quiero y cierro los párpados, pero sigo viendo. Estoy sentenciado a ver. Mis ojos lo traspasan todo y lo ignoran todo.

Esta noche he visto dos ojos en la oscuridad del sueño. Eran los míos que me miraban con compasión. Y estaba de espaldas, en vela. Tal vez no se tratara de un sueño sino de un cuento escrito por una mano invisible.

Estos tus ojos. Cuartango.

Everyone has their yellow paint.

ArlesVincent Van Gogh used to eat yellow paint because he thought it would get the happiness inside him. Many people thought he was mad and stupid for doing so because the paint was toxic, never mind that it was obvious that eating paint couldn’t possibly have any direct correlation to one’s happiness, but I never saw that.
If you were so unhappy that even the maddest ideas could possibly work, like painting the walls of your internal organs yellow, then you are going to do it. It’s really no different than falling in love or taking drugs. There is a greater risk of getting your heart broken or overdosing, but people still do it everyday because there was always that chance it could make things better.

Everyone has their yellow paint.

Alexandra Timmer

No hay explicación. Se tiene y punto.

beatunquetun

Papá no creía en Dios. O eso decía. No iba a misa. No era amigo de curas. No practicaba. Y sin embargo, cuando enfermó tan gravemente

que su cuerpo quedó hemipléjico y veía próxima su muerte, estando tumbado en la cama del hospital, se volvió hacia mí y me dijo: «Hija, ¿cómo era la Salve?» Después de muchos, muchísimos años, mi padre volvió a rezar. Y los dos sentimos lo mismo, en el mismo instante y con la misma intensidad: miedo.

El miedo a morir hizo que mi padre volviera los ojos hacia el Dios que tantas veces había rechazado. El miedo a que muriera y no poder evitarlo me sumergió a mí entre mis recuerdos de colegio de monjas para recuperar los versos, vacíos de tanto ser recitados sin corazón y sin razón, de una oración a la Virgen: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia. Vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve…». Pero no sirvió de nada. Él se fue en silencio. Yo he vuelto a olvidar cómo se rezaba la Salve. Y el miedo se escondió de nuevo detrás de un manido «la vida continúa».

El miedo, dice el diccionario, es la «perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario» o el «recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea».

Imaginario es el Coco que nos atemorizada siendo niños. O el hombre del saco. O Drácula y su legión de vampiros. ¡Qué entrañables miedos! Nos hacen sonreír cuando nos recordamos angustiados en la cama, entre la oscuridad que venía del pasillo, creyendo oír su malévola respiración debajo de nuestra cama. La edad nos hace superarlos. Pero queda en nosotros tan profundo su arañazo que se los transmitimos a nuestros hijos, amenazándoles con su presencia si se portan mal. Recurrimos a esas quimeras conscientes del inmenso poder aterrador del Coco y del Hombre del saco y de Drácula y su legión de vampiros. Y así, por tradición, aprendemos también a inculcar temor.

El miedo, dice la Biología, es un mecanismo de supervivencia y de defensa para permitirnos seguir vivos en un mundo amenazador, en un mundo peligroso. Y cuando se hace extremo, al miedo se le llama terror.

No sé si es extremo o no, pero jamás sentí tanto miedo como cuando miraba a mi hija desde la cristalera que me separaba de ella en un pasillo de la sección de Neonatos del hospital. No saber si se moría, no saber qué le pasaba. Y sentir el terror mordiéndome en las tripas ante la mínima posibilidad de que ella, siendo apenas un bebé de días, pudiera sentir miedo al frío fuera de mi vientre, a no oír mi voz, a no notar mi piel, y no estar allí para calmarla. Terror a su miedo. Otra vez la oscuridad como único espacio. La negrura del ‘no saber’ rodeándome de nuevo en una habitación, como hiciera la penumbra de mi cuarto cuando era niña. Perturbación angustiosa de mi ánimo.

El miedo puede ser algo emocionante, algo estimulante también. Vivir sin miedo tampoco te hace feliz. Eso parecía sentir el Juan Sin Miedo del cuento, siempre buscando el susto, siempre vagando en busca de lo que le hiciera sentir temor. Porque el miedo debe ser eso: el contraste de la vida, lo que te recuerda continuamente que sigues existiendo.

Quizá por eso gustan las películas de ese género. Pasar angustia sentado en una butaca sabiéndote a salvo, al fin y al cabo. La seguridad de que todo es fantasía y que cuando acabe la película el Coco se habrá ido. Ya no estará a nuestro lado, ya no sentiremos su pestilente aliento en el cuello. Las luces se encenderán y todo habrá acabado. Sonreiremos. Porque hemos aguantado sin pestañear la visión de la pesadilla de otros.

¡Qué ingenuos somos! La amenaza de vivir asustados sigue ahí fuera. Te habla desde la tele, desde el periódico, desde las colas del paro. Somos víctimas del miedo. Y vivimos atados de pies y manos ante esa amenaza continua que nos dibujan desde fuera. Miedo a perder el trabajo. Miedo a perder tu casa. Miedo al desorden social. Miedo a los que amenazan con llegar , miedo a los que vienen de fuera, miedo a emigrar, miedo a perder, miedo a enfermar, miedo a no saber curar, miedo…

No, no es divertido el miedo. Es irracional, no tiene lógica. ¿Por qué temer a los perros, si jamás te han atacado? ¿O a las arañas, si basta un manotazo para aplastarlas? No hay explicación. Se tiene y punto. Nos ayuda a sobrevivir. Nos mantiene alerta. Nos inmoviliza también.

El miedo es libre, nos gusta decir. Sí, quizá sea así. Pero no nos libera.

El miedo es libre, pero no liberador. Ángeles García.

Settling like snow when it happens.

Watercolor Beatunquetun

@beatunquetun

I’m not sure I do worry about the future.

I don’t know what lies ahead but I know I’m not scared of it. I’m in no rush to be an adult, but I suspect when I get there I’ll discover it’s easier than being a kid. There won’t be so many ups and downs. Or crises that get talked about as if they’re the end of the world. I think we’ll all come to understand that there isn’t any one big test or way to validate ourselves in the world. There’s just a long, quiet process of finding our place in it. Where we’re meant to be. Who we’re meant to be with. I picture it settling like snow when it happens. Soft and easy to fall if you’re dressed right. I think the future will be like that.

Amy and Matthew. Cammie McGovern.