Todo cabe en un ojo, incluso una mirada.

Clark Brewer

LOS OJOS. Hoy necesito escribir sobre los ojos y no podría escribir de otra cosa. Tal vez porque he soñado un cuento de Gabriel García Márquez que se titula Ojos de perro azul. Trata de un hombre que mira a una mujer en un sueño. La está mirando de espaldas, aunque en realidad es ella quien le mira a él. ¿Se puede mirar de espaldas?

En realidad, ese hombre sabe que está soñando y no quiere despertarse para que la mujer no se esfume. Pero lo importante de la historia son los ojos. Los míos. O tal vez los tuyos. Lo que vemos o lo que nos ve.

No hay nada más personal que los ojos, esa puerta abierta que nos conecta con el mundo. Y es que cada ojo es un universo infinito con una cartografía única. Todo cabe en un ojo, incluso una mirada.

Pero la cuestión es qué vemos y qué miramos. Tal vez siempre nos estamos viendo a nosotros mismos pero no lo sabemos. O a lo mejor la realidad sólo existe a través de nuestros ojos. El obispo Berkeley creía que sólo podíamos ver a Dios. Pero también es verosímil que veamos la nada, que todo sea una mera ilusión de los sentidos.

No, eso no es posible porque yo me asomo en tus ojos. Tal vez los míos me engañen, pero no los tuyos donde se refleja toda la geografía del mundo. Sin ellos no soy yo, sin tu mirada no existe la mía. Es como un infinito juego de espejos contrapuestos que nos devuelven imágenes en las que yo me veo a través de ti.

Ahora que voy perdiendo la vista, que necesito leer con gafas, me doy cuenta de lo que deben sentir los ciegos. Vivir sin ver tiene que ser peor que una pesadilla porque no existe el mundo si no podemos mirarlo.

Somos nuestros ojos y si algún día nos encarnamos tendremos otras manos, otro color del pelo, otra cara, otra edad y otra estatura, pero siempre los mismos ojos. Esos ojos que nos miran, con los que miramos sin mirar.

Hay una química de las miradas. Eso lo sabemos, pero en ocasiones nos asusta la intensidad. Ver es más fuerte que amar o quizás es lo mismo. Lo que es seguro es que primero vemos y luego amamos en el lance de recreación de la mirada.

He llegado a un punto que me dan miedo mis ojos. A veces puedo ver demasiado y el contraste entre la realidad y el deseo me frustra. Pero sigo mirando sin saber por qué. Probablemente porque tengo ojos y no me los puedo arrancar de la cara.

Mis ojos son mi felicidad y mi tormento. Son mi espejo, mi condena, mi pensamiento. Estoy encadenado a ellos como Sísifo a las rocas que debía subir a la montaña una y otra vez. No es una buena metáfora, pero expresa el sufrimiento de la mirada, de tener que abrir los ojos cada día.

Malos tiempos para tener ojos, pero peor sería no tenerlos. Ellos deciden, miran por mi. Yo no quiero y cierro los párpados, pero sigo viendo. Estoy sentenciado a ver. Mis ojos lo traspasan todo y lo ignoran todo.

Esta noche he visto dos ojos en la oscuridad del sueño. Eran los míos que me miraban con compasión. Y estaba de espaldas, en vela. Tal vez no se tratara de un sueño sino de un cuento escrito por una mano invisible.

Estos tus ojos. Cuartango.

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