Monet y el final del verano.

Monet Aunque desconozco las razones, siempre he asociado los cuadros de Monet con el final del verano. Me viene a la cabeza un lienzo en el que dos mujeres vestidas de banco, una con sombrilla, miran el mar desde un alto acantilado. Contrasta el verde de la hierba con el intenso azul del océano en el que aparecen como contrapunto las nubes y algunos barcos de vela.

Monet es un gran retratista de los instantes. No en vano solía decir que él no pintaba lo que veía sino cómo lo veía. Y no hay nada más subjetivo que un momento, que un pequeño fragmento del tiempo que queda grabado en la memoria sin que sepamos por qué.

Me gustan particularmente sus cuadros de los acantilados que muestran cómo la realidad cambia en función de la luz y de nuestro estado de ánimo. Yo he pasado muchas tardes en la Apotiquerie, en la costa oeste de Belle-Île, contemplando ponerse el sol bajo el horizonte del mar mientras el agua batía furiosamente las rocas.

Pero también me encantan sus trabajos en la época final en su casa de Giverny, en los que retrata las ninfeas de los estanques de su jardín. Monet lleva al máximo la abstracción de la pintura y consigue fijar en el cuadro un momento y un detalle que trascienden la materialidad de los objetos.

Volviendo al comienzo de estas reflexiones, es probablemente el final del verano la época del año en la que más se percibe la fugacidad de la vida. Los días se acortan, las hojas se agostan, las vacaciones se acaban. Y sentimos la melancolía de la cercanía del otoño y la vuelta a las rutinas habituales.

Es ahora, cuando el tiempo se contrae, cuando abrimos los ojos y nos damos cuenta de la belleza que no habíamos visto pese a tenerla delante. O cuando apuramos una copa de vino o nos detenemos en el fragmento de un libro. O cuando un soplo de brisa hace temblar una cortina.

Son esos momentos en los que nos sentimos vivos y gozamos de la intensidad de una existencia que se escurre como si intentáramos retener el agua entre las manos. Ahí esta y estará siempre Monet y ese atardecer rojo que ilumina la silueta de San Giorgio en Venecia. Hay algo de inacabado en este cuadro que refleja la apoteosis del final del día en ese instante en el que todo brilla bajo la luz solar antes de la llegada de la oscuridad.

Monet y el final del verano. Cuartango

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