Make glorious, amazing mistakes.

1May your coming year be filled with magic and dreams and good madness. I hope you read some fine books and kiss someone who thinks you’re wonderful, and don’t forget to make some art — write or draw or build or sing or live as only you can. And I hope, somewhere in the next year, you surprise yourself.

I hope you will have a wonderful year, that you’ll dream dangerously and outrageously, that you’ll make something that didn’t exist before you made it, that you will be loved and that you will be liked, and that you will have people to love and to like in return. And, most importantly (because I think there should be more kindness and more wisdom in the world right now), that you will, when you need to be, be wise, and that you will always be kind.

I hope that in this year to come, you make mistakes. Because if you are making mistakes, then you are making new things, trying new things, learning, living, pushing yourself, changing yourself, changing your world. You’re doing things you’ve never done before, and more importantly, you’re Doing Something.
So that’s my wish for you, and all of us, and my wish for myself. Make New Mistakes.

Make glorious, amazing mistakes. Make mistakes nobody’s ever made before. Don’t freeze, don’t stop, don’t worry that it isn’t good enough, or it isn’t perfect, whatever it is: art, or love, or work or family or life. Whatever it is you’re scared of doing, Do it.

Make your mistakes, next year and forever.

It’s a New Year and with it comes a fresh opportunity to shape our world. So this is my wish, a wish for me as much as it is a wish for you: in the world to come, let us be brave – let us walk into the dark without fear, and step into the unknown with smiles on our faces, even if we’re faking them.

And whatever happens to us, whatever we make, whatever we learn, let us take joy in it. We can find joy in the world if it’s joy we’re looking for, we can take joy in the act of creation.
So that is my wish for you, and for me. Bravery and joy.

Neil Gaiman.

Por lo que tenga que venir.

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Espero que este año que llega esté lleno de magia, sueños y locura de la buena. Espero que leas grandes libros y beses a alguien que piense que eres maravilloso, y no olvides de hacer algo de arte —escribe, o dibuja, o construye, o canta, o vive como sólo tú puedes hacerlo. Y espero, que en algún momento del próximo año, te sorprendas a ti mismo.

Espero que tengas un año maravilloso, que sueñes peligrosa y atrozmente, que hagas algo que nunca antes había sido hecho, que seas amado y seas aceptado, y que tengas personas a las que querer y aceptar. Y, lo más importante (quizás porque pienso que debería haber más bondad y sabiduría en el mundo ahora mismo), que cuando necesites serlo, seas sabio, y que siempre seas amable.

Espero que en este año que llega cometas errores. Porque si cometes errores, significa que estás haciendo cosas nuevas, probando cosas nuevas, aprendiendo, exigiéndote, cambiándote, cambiando tu mundo. Estás haciendo cosas que no habías hecho nunca antes, y más importante aún, estarás creando algo.

Así pues éste es mi deseo para ti, mi deseo para todos nosotros, mi deseo para mí mismo. Comete Nuevos Errores.

Comete gloriosos y espectaculares errores. Comete errores que nunca nadie había cometido antes. No te paralices, no te detengas, no te preocupes si no es lo suficientemente bueno, o si no es perfecto, lo que quiera que sea: arte, amor, trabajo, familia o la vida. Lo que quiera que sea que te aterra hacer, Hazlo.

Comete tus errores, este año que llega y por siempre.

Es un año nuevo y con él, viene una nueva oportunidad para darle forma a nuestro mundo. Deseo para ti, tanto como lo deseo para mí mismo, que en el mundo que nos queda por conocer, seamos valientes —caminemos a través de la oscuridad sin miedo, y nos adentremos en lo desconocido con una sonrisa, aunque sea fingida.

Y que lo que tenga que venir, lo que sea que hagamos, cualquier cosa que aprendamos, que disfrutemos con ello. Podemos encontrar alegría en el mundo si es alegría lo que estamos buscando. Podemos conseguir alegría en el acto de crear.

Así que éste es también mi deseo para ti, y para mí. Valentía y júbilo.

Neil Gaiman

Dele cuerda al reloj, mañana será otro día.

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North Brooklin, Maine.

30 de marzo de 1973

Apreciado señor Nadeau:

Mientras exista un hombre íntegro, mientras exista una mujer compasiva, cabrá la posibilidad de que el contagio se extienda y el panorama no sea desolador. La esperanza es lo único que nos queda cuando corren malos tiempos. El domingo por la mañana me levantaré a darle cuerda al reloj; ésa será mi contribución al orden y la perseverancia.

Los marineros tienen una expresión para el tiempo: dicen que el tiempo es un gran farolero. Supongo que eso mismo se puede decir de nuestra sociedad humana: es posible que todo parezca oscuro, pero entonces se abre un claro entre las nubes y todo cambia, a veces de manera bastante repentina. Es obvio que la especie humana ha convertido en una ruina la vida en este planeta. Sin embargo, como pueblo cabe que llevemos mucho tiempo abrigando semillas de bondad que esperan germinar en condiciones adecuadas. La curiosidad del hombre, su constancia, su inventiva, su ingenuidad lo han metido en un buen lío. Sólo podemos confiar en que esos mismos rasgos le permitan salir a rastras de él.

Agárrese a su sombrero, agárrese a la esperanza. Y dele cuerda al reloj, porque mañana será otro día.

Atentamente,

E.B.White

La culpa es de Mary-Kate.

Culpo a mi primer amor de todos mis fracasos sentimentales. Sin excepción. Responsabilizo a Mary-Kate Olsen del desastre que es mi vida. Acuso a Mary-Kate y a los maléficos y perversos guionistas de ‘Cosas de gemelas’ que decidieron que los 10 eran una buena edad para que entendiera lo que es estar enamorado. ‘Cosas de gemelas’, obra maestra absoluta de la televisión que injustamente duró sólo una temporada en antena pero hizo de mis veranos algo imperecedero, contaba cómo se las apañaba un padre superinteligente y de dientes blanquísimos para ligarse a la niñera de sus hijas gemelas de 12 años: Ashley, la pija, y Mary-Kate, la deportista. La pija y la deportista, como si de dos Spice Girls de tamaño reducido se tratase y sólo fueran dos inviernos mayores que yo, lo que a mi entender no era un impedimento ya que por entonces desconocía la regla implacable que sostiene que las chicas siempre se van con los que van dos cursos por delante y se benefician de contar con pelusilla en el bigote. Había quien llamaba a Mary-Kate “la marimacho” pero eran unos ignorantes que no sabían apreciarla. A M.K. le gustaban los deportes y los caballos aunque en el fondo era algo coqueta. Es decir, Mary-Kate era capaz de machacarte al baloncesto y luego ser la más guapa del baile de primavera. Los guionistas se lucieron. Qué personaje, qué profundidad, qué de matices. Hay que ser un grandísimo hijo de puta para hacerle esto a un niño de 10 años.
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  El tiempo trató mejor a la pija pero la impronta de Mary-Kate es imborrable y me acompañará toda la vida. Como el yonqui necesitado de un chute que le retraiga las sensaciones de la primera vez, a mí me urge encontrar nuevas Mary-Kates que me impidan atender en clase. Así es como me especialicé en películas sobre jóvenes pardillos incapaces de madurar, y con un gusto musical excelente, que se enamoran de una tía guapísima, inteligente, dulce, vulnerable, algo payasa y con un trauma oculto que ha modelado su personalidad. Todo fruto de la idealización de la mujer por parte de un guionista pajillero muy cabrón. Las he visto todas: ‘El apartamento’, ‘Adventureland’, ‘Reality bites’, ‘Algo en común’, ‘Alta fidelidad’, ‘Juno’, Scott Pilgrim, ‘Casi famosos’, ‘Persiguiendo a Amy’, ‘Beautiful girls’, Nick y Norah, ‘Jules y Jim’, ‘Antes del amanecer’, ‘(500) días juntos’, todas las de Emma Sone y así hasta llegar a LA BIBLIA que es”‘Annie Hall’.
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  La de Woody no fue la primera pero sí la definitiva. Annie lo tiene todo. Neurótica, divertida y sexy; mezcla la inocencia propia de Chippewa Falls con la modernez y personalidad de Nueva York, con sus chalecos, corbatas y las manos en los bolsillos. Annie es de las tímidas que siempre sacan el valor para echarse p’alante .  Para Alvy ”amor” se convirtiría en una palabra demasiado débil para expresar sus sentimientos hacia ella. Lo que él  padecía era ”ammor”, pues se necesitaban dos emes para expresar la intensidad con la que la quería. Buah, invitaría a miles de fantas a una tía como Annie Hall. O como la joven Diane Keaton, porque de ella va la cinta. Woody Allen la disfrutó con tal vehemencia que le regaló el mejor homenaje que un ex novio haya obsequiado jamás y, de paso, se encargó de joder a decenas de generaciones futuras que nunca encontrarán a su Annie Hall pero la anhelarán como si no hubiera mañana. Ese no iba a ser mi caso. Había visto las películas suficientes como para saber que en alguna parte había una Diane Keaton esperándome. Inmaculada, con el vestido de los domingos y con ganas de contarme maravillas sobre “The Shins”  y  “The Smiths” , sus grupos favoritos. De alguna forma sabía lo que me tenía preparado el destino y pude dedicar cantidad de horas a diseñar y planificar nuestro futuro juntos. Tendríamos un montón de hijos y veríamos episodios descargados de ‘Cosas de gemelas’ en familia, radiantes y despreocupados. Iba a molar bastante.
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  Meses atrás conocí a una chica que me recordó a la Diane Keaton de las películas de los setenta. No es que sea una historia apasionante, simplemente hablamos y compartimos un trozo de pizza a las 5 de la mañana. La cosa no fue más allá y ni siquiera llegué a conocer nada aparte de su nombre de pila, pero daba igual porque era ella. Tal cual la había imaginado. Tenía cara de no querer hablar con nadie, rompí el hielo con una broma desafortunada, me aniquiló con la mirada y todo fue perfecto. No tuve que advertirla ni una vez para que interpetara mis frases en un sentido irónico, era un poco bruta y todo el mundo la miraba cuando se reía. Por primera vez interpreté todas y cada una de las señales que me dedicaba una mujer. Ella QUERÍA pero no quise precipitar nada “para no estropearlo”. Fue una cagada, pues podríamos haber vivido una separación tormentosa. La hubiera moldeado, culturizado y animado a expresarse artísticamente a la vez que le habría ayudado a ganar la confianza y autoestima necesaria para dejar de depender de mí y así poder abandonarme. Nos acabábamos de conocer y ya pensaba en nuestra ruptura. Es lo que tenemos los románticos. La excitación no me dejaba dormir y me puse a pensar. Borracho un domingo por la mañana mientras veía Pocoyó y con la certeza de que había desaprovechado la oportunidad de mi vida. Menudo imbécil. Tres días después me topé con ella en un bar. Ella me reconoció, se levantó a saludarme y me puse tan nervioso que fui incapaz de reaccionar y comportarme como una persona normal, sana y equilibrada. No pasaba nada, entendí que estábamos destinados a unir nuestras almas para siempre y por tanto volveríamos a tropezar.
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  Cada fin de semana volvía a la discoteca donde nos conocimos, rutina que me permitió entablar una profunda amistad con el segurata, contar mi historia a todas las camareras y aconsejar al conserje sobre la educación de sus hijos. Sucedió cuando ya había perdido la esperanza. Estaba allí y, como la vez del bar, se percató de mi presencia mucho antes de que yo empezara a buscar. Nos dijimos que hablaríamos más tarde y a falta de cojones buenos son chupitos. Desapareció un rato del radar hasta que entendí que sólo podía estar donde conversamos por primera vez, esperándome. Efectivamente, ahí estaba; guapísima, elegante, encantadora, resplandeciente y con otro. Me acerqué lo suficiente para que me viera adoptar mi pose de atormentado maldito y ahí me quedé, plantado como un pasmarote mientras veía a Diane Keaton tocar el brazo de un desconocido de idéntica manera que hiciera conmigo, sentados en el mismo escalón en el que fuimos tan felices. Lo cierto es que el tío tenía planta de triunfador y aparentaba ser más espabilado que yo. Los sueños de años y la obsesión de semanas sostenidos por un castillo de naipes. Y la culpa la tienen Mary-Kate y esos deleznables guionistas hijos de puta.

La memoria no se rinde.

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Querida Andrea:

No sé por qué, pero hoy me dio por extrañarte, por echar de menos tu presencia. Será tal vez porque el primer amor le deja a uno más huellas que ningún otro. Lo cierto es que estaba en la cama, junto a Patricia plácidamente dormida, y de pronto rememoré otra noche del pasado, junto a vos, plácidamente dormida, y sentí una aguda nostalgia de aquel sosiego de anteayer.

Alguien dijo que el olvido está lleno de memoria, pero también es cierto que la memoria no se rinde. Dos por tres suenan como campanitas en el ritmo cardíaco y una escena se hace presente en la conciencia como en una pantalla de televisión. Y aquel cuerpo que las manos casi habían olvidado vuelve a surgir como un destello hasta que otra vez suenan las campanitas y el destello se apaga. ¿Te ocurre a veces algo así? ¿O será que me estoy volviendo un poco loco? Puede ser. Mientras tanto este probable loco te envía un invulnerable abrazo.

Echar las cartas Mario Benedetti

Hombres flacos de sueño inquieto.

BorgesCada mañana desde hace diez o doce años, poco antes de las nueve, un hombre solitario se detiene ante la barandilla al pie del obelisco egipcio, frente al palacio de Montecitorio, en Roma, a cincuenta pasos de la entrada principal del edificio que alberga el Parlamento italiano. Es un individuo de pelo gris que ya escasea un poco, al que he visto envejecer, pues con frecuencia paso por ahí a esa hora cuando me encuentro en esta ciudad, camino del bar donde desayuno en la plaza del Panteón. Da lo mismo que sea invierno o verano, que haga sol o que llueva: apenas hay día en que no aparezca. Siempre va razonablemente vestido, con aspecto de empleado, o de funcionario. Más bien informal. Y lleva siempre una pequeña mochila, o una cartera colgada del hombro. En eso ha ido cambiando, porque ahora lo veo más con la cartera. El procedimiento es rutinario, idéntico cada día. Se detiene ante la barandilla, frente a la fachada del palacio -supongo que camino del trabajo-, saca un papel doblado que despliega con parsimonia, y con una voz sonora y educada utiliza el papel como guión o referencia de citas para el discurso que viene a continuación, diez o doce minutos de oratoria impecable, bien hilada. Un breve discurso diario, allí solo, bajo el obelisco, ante la fachada muda del Parlamento.

A veces me detengo a cierta distancia, por no molestarlo, y escucho atento. El discurso no suele ser gran cosa, y a menudo repite conceptos. No insulta, no es agresivo. Por lo general se trata de una especie de reprensión moral en la que menciona artículos de la Constitución o critica, casi siempre de modo general, situaciones concretas de la política italiana. Cosas del tipo «Todo gobernante debe asegurar el derecho al trabajo de los ciudadanos», o «La corrupción política no es sino el reflejo de la corrupción moral de una sociedad enferma y a menudo cómplice». De vez en cuando desliza asuntos personales, injusticias de las que es o ha sido objeto, aunque sin alejarse nunca del interés común, del enfoque amplio. Siempre es educado, coherente y sensato. No parece el suyo discurso de un loco, ni expresión patológica desaforada de una obsesión. Parece sólo un ciudadano que lleva diez o doce años dolido por lo que ocurre ante sus ojos, y que cada mañana acude ante el lugar que considera eje principal de esos males, a denunciarlo en voz alta, con palabras mesuradas y sensatas.

Lo que cada día convierte la escena en conmovedora es que ese hombre está solo. El lugar, frente a Montecitorio, es escenario habitual de protestas ciudadanas, y a menudo hay carteles reivindicativos; o algo más tarde, a la hora de entrada de los diputados, se reúnen cámaras de televisión y ruidosos grupos de manifestantes que abuchean o vocean consignas. Sin embargo, a la hora en que nuestro hombre se presenta no hay nadie. Sólo un par de carabinieri que pasean aburridos por la plaza desierta y algún turista que se asoma, curioso, por la ventana de un hotel próximo. Y es allí, en aquella soledad, ante la puerta vacía del Parlamento, donde se alza esa voz serena y desafiante, pronunciando palabras que suenan clásicas y hermosas: reprensiones morales, llamados a la conciencia, sentencias que todo ciudadano honrado, todo político decente, deberían tener por su evangelio. Y después, cada vez, acabado el discurso, nuestro hombre dobla despacio el papel, lo guarda en la cartera y se va dignamente, en silencio. Mesurado como un ciudadano de la antigua Roma.

Cada vez, viéndolo marcharse con tan admirable continente, no puedo evitar pensar en los otros: sus ilustres antecesores. Pensar en los Gracos, en Cicerón pronunciando ante el Senado su inmortal «Quousque tandem abutere, Catilina, patienta nostra». En Bruto, Casio y los que ensangrentaron la túnica de César. En los hombres flacos de sueño inquieto de los que hablaba Shakespeare, cuyos ojos abiertos los hacen incómodos para los tiranos y los canallas. En los hombres justos de aquella Roma republicana, embellecida por la Historia, pero cuyos ejemplos formales tanto influyeron en el mundo, en los derechos y libertades de los hombres que supieron regirse a sí mismos. En la conciencia moral, superior hasta en las actitudes -y quizá superior, precisamente, a causa de ellas-, que tanto sigue necesitando esta Europa miserable y analfabeta, este compadreo de golfos oportunistas que nos desgobierna y del que también somos responsables, pues de entre nosotros mismos, de nuestra desidia e incultura, han nacido. En el consuelo casi analgésico de escuchar cada mañana, todavía, la voz serena de un último romano.

El último romano. Arturo Pérez-Reverte.