La culpa es de Mary-Kate.

Culpo a mi primer amor de todos mis fracasos sentimentales. Sin excepción. Responsabilizo a Mary-Kate Olsen del desastre que es mi vida. Acuso a Mary-Kate y a los maléficos y perversos guionistas de ‘Cosas de gemelas’ que decidieron que los 10 eran una buena edad para que entendiera lo que es estar enamorado. ‘Cosas de gemelas’, obra maestra absoluta de la televisión que injustamente duró sólo una temporada en antena pero hizo de mis veranos algo imperecedero, contaba cómo se las apañaba un padre superinteligente y de dientes blanquísimos para ligarse a la niñera de sus hijas gemelas de 12 años: Ashley, la pija, y Mary-Kate, la deportista. La pija y la deportista, como si de dos Spice Girls de tamaño reducido se tratase y sólo fueran dos inviernos mayores que yo, lo que a mi entender no era un impedimento ya que por entonces desconocía la regla implacable que sostiene que las chicas siempre se van con los que van dos cursos por delante y se benefician de contar con pelusilla en el bigote. Había quien llamaba a Mary-Kate “la marimacho” pero eran unos ignorantes que no sabían apreciarla. A M.K. le gustaban los deportes y los caballos aunque en el fondo era algo coqueta. Es decir, Mary-Kate era capaz de machacarte al baloncesto y luego ser la más guapa del baile de primavera. Los guionistas se lucieron. Qué personaje, qué profundidad, qué de matices. Hay que ser un grandísimo hijo de puta para hacerle esto a un niño de 10 años.
.
  El tiempo trató mejor a la pija pero la impronta de Mary-Kate es imborrable y me acompañará toda la vida. Como el yonqui necesitado de un chute que le retraiga las sensaciones de la primera vez, a mí me urge encontrar nuevas Mary-Kates que me impidan atender en clase. Así es como me especialicé en películas sobre jóvenes pardillos incapaces de madurar, y con un gusto musical excelente, que se enamoran de una tía guapísima, inteligente, dulce, vulnerable, algo payasa y con un trauma oculto que ha modelado su personalidad. Todo fruto de la idealización de la mujer por parte de un guionista pajillero muy cabrón. Las he visto todas: ‘El apartamento’, ‘Adventureland’, ‘Reality bites’, ‘Algo en común’, ‘Alta fidelidad’, ‘Juno’, Scott Pilgrim, ‘Casi famosos’, ‘Persiguiendo a Amy’, ‘Beautiful girls’, Nick y Norah, ‘Jules y Jim’, ‘Antes del amanecer’, ‘(500) días juntos’, todas las de Emma Sone y así hasta llegar a LA BIBLIA que es”‘Annie Hall’.
.
  La de Woody no fue la primera pero sí la definitiva. Annie lo tiene todo. Neurótica, divertida y sexy; mezcla la inocencia propia de Chippewa Falls con la modernez y personalidad de Nueva York, con sus chalecos, corbatas y las manos en los bolsillos. Annie es de las tímidas que siempre sacan el valor para echarse p’alante .  Para Alvy ”amor” se convirtiría en una palabra demasiado débil para expresar sus sentimientos hacia ella. Lo que él  padecía era ”ammor”, pues se necesitaban dos emes para expresar la intensidad con la que la quería. Buah, invitaría a miles de fantas a una tía como Annie Hall. O como la joven Diane Keaton, porque de ella va la cinta. Woody Allen la disfrutó con tal vehemencia que le regaló el mejor homenaje que un ex novio haya obsequiado jamás y, de paso, se encargó de joder a decenas de generaciones futuras que nunca encontrarán a su Annie Hall pero la anhelarán como si no hubiera mañana. Ese no iba a ser mi caso. Había visto las películas suficientes como para saber que en alguna parte había una Diane Keaton esperándome. Inmaculada, con el vestido de los domingos y con ganas de contarme maravillas sobre “The Shins”  y  “The Smiths” , sus grupos favoritos. De alguna forma sabía lo que me tenía preparado el destino y pude dedicar cantidad de horas a diseñar y planificar nuestro futuro juntos. Tendríamos un montón de hijos y veríamos episodios descargados de ‘Cosas de gemelas’ en familia, radiantes y despreocupados. Iba a molar bastante.
.
  Meses atrás conocí a una chica que me recordó a la Diane Keaton de las películas de los setenta. No es que sea una historia apasionante, simplemente hablamos y compartimos un trozo de pizza a las 5 de la mañana. La cosa no fue más allá y ni siquiera llegué a conocer nada aparte de su nombre de pila, pero daba igual porque era ella. Tal cual la había imaginado. Tenía cara de no querer hablar con nadie, rompí el hielo con una broma desafortunada, me aniquiló con la mirada y todo fue perfecto. No tuve que advertirla ni una vez para que interpetara mis frases en un sentido irónico, era un poco bruta y todo el mundo la miraba cuando se reía. Por primera vez interpreté todas y cada una de las señales que me dedicaba una mujer. Ella QUERÍA pero no quise precipitar nada “para no estropearlo”. Fue una cagada, pues podríamos haber vivido una separación tormentosa. La hubiera moldeado, culturizado y animado a expresarse artísticamente a la vez que le habría ayudado a ganar la confianza y autoestima necesaria para dejar de depender de mí y así poder abandonarme. Nos acabábamos de conocer y ya pensaba en nuestra ruptura. Es lo que tenemos los románticos. La excitación no me dejaba dormir y me puse a pensar. Borracho un domingo por la mañana mientras veía Pocoyó y con la certeza de que había desaprovechado la oportunidad de mi vida. Menudo imbécil. Tres días después me topé con ella en un bar. Ella me reconoció, se levantó a saludarme y me puse tan nervioso que fui incapaz de reaccionar y comportarme como una persona normal, sana y equilibrada. No pasaba nada, entendí que estábamos destinados a unir nuestras almas para siempre y por tanto volveríamos a tropezar.
.
  Cada fin de semana volvía a la discoteca donde nos conocimos, rutina que me permitió entablar una profunda amistad con el segurata, contar mi historia a todas las camareras y aconsejar al conserje sobre la educación de sus hijos. Sucedió cuando ya había perdido la esperanza. Estaba allí y, como la vez del bar, se percató de mi presencia mucho antes de que yo empezara a buscar. Nos dijimos que hablaríamos más tarde y a falta de cojones buenos son chupitos. Desapareció un rato del radar hasta que entendí que sólo podía estar donde conversamos por primera vez, esperándome. Efectivamente, ahí estaba; guapísima, elegante, encantadora, resplandeciente y con otro. Me acerqué lo suficiente para que me viera adoptar mi pose de atormentado maldito y ahí me quedé, plantado como un pasmarote mientras veía a Diane Keaton tocar el brazo de un desconocido de idéntica manera que hiciera conmigo, sentados en el mismo escalón en el que fuimos tan felices. Lo cierto es que el tío tenía planta de triunfador y aparentaba ser más espabilado que yo. Los sueños de años y la obsesión de semanas sostenidos por un castillo de naipes. Y la culpa la tienen Mary-Kate y esos deleznables guionistas hijos de puta.
Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s