Un hombre ha de ser; ha de importar.

hunter-joven

Querido Hume:

Pides consejo: ¡ah, qué humana y peligrosa es esa costumbre! Aconsejar a un hombre que pregunta qué hacer con su vida implica algo muy cercano a la egomanía. Pretender orientar a un hombre hacia la meta correcta y definitiva, señalar con un dedo tembloroso la buena dirección, es una tarea que sólo un tonto puede arrogarse.

Yo no soy tonto, pero respeto la sinceridad con que me solicitas consejo. Te pido, sin embargo, que al escucharme recuerdes que un consejo ha de ser por fuerza producto del hombre que lo da. Lo que uno considera cierto puede ser desastroso para otro. Yo no veo la vida con tus ojos, ni tú con los míos. Si me propusiera darte algún consejo específico, me parecería demasiado a un ciego empeñado en guiar a otro ciego.

“Ser o no ser: he aquí la cuestión. ¿Es más noble encajar las hondas y flechas de del injusto infortunio? ¿O alzar los brazos contra el mar de calamidades…?”

(Shakespeare)

Y, efectivamente, ésa es la cuestión: flotar con la marea o nadar hacia nuestra meta. Es una elección a la que, en algún momento de nuestras vidas, todos nos hemos de enfrentar, ya sea de modo consciente o inconsciente. ¡Hay tan poca gente que lo entienda! Piensa en cualquier decisión que hayas tomado que tuviera alguna relevancia para tu futuro. Tal vez me equivoque, pero me parece imposible que no implicara una elección por muy indirecta que fuere entre las dos opciones que he mencionado: flotar o nadar.

Ahora bien, ¿Por qué no flotar cuando no se tiene una meta? Eso es otro asunto. Es indiscutiblemente mejor disfrutar mientras flotas que nadar en plena incertidumbre. Entonces, ¿qué hace un hombre para encontrar una meta? No un castillo en el aire, sino algo real y tangible. ¿Cómo puede el hombre asegurarse de que no anda tras una gran montaña de caramelos, tras esa seductora meta de caramelo que apenas tiene sabor y carece por completo de sustancia?

La respuesta y, en cierto sentido, la tragedia de la vida es que nos esforzamos por entender la meta, no al hombre. Establecemos una meta que nos exige ciertas cosas: luego las hacemos. Nos adaptamos a las exigencias de un concepto que no puede ser válido. Supongamos que de pequeño querías ser bombero. Me parece razonablemente inequívoco afirmar que ahora ya no lo quieres. ¿Por qué? Porque tu perspectiva ha cambiado. El que ha cambiado no es el bombero, sino tú. Cada hombre es la suma total de sus reacciones a la experiencia. A medida que tus experiencias difieren y se multiplican, te conviertes en un hombre distinto y, en consecuencia, cambia tu perspectiva. Así ocurre una y otra vez. Cada reacción implica un proceso de aprendizaje; cada experiencia significativa altera tu perspectiva.

Así que adaptar nuestras vidas a las exigencias de una meta que cada día percibimos desde un ángulo distinto parece estúpido, ¿no? ¿Cómo podríamos esperar cualquier logro que no fuese una mera neurosis galopante?

La respuesta, entonces, no ha de referirse para nada a las metas, o en cualquier caso a las metas tangibles. Harían falta ríos de tinta para desarrollar este asunto en su plenitud. Sólo Dios sabe cuántos libros se han escrito sobre el “sentido del hombre” y cosas por el estilo, y sólo Dios sabe cuánta gente ha cavilado sobre ese asunto. (Uso la expresión “sólo Dios sabe” meramente como tal.) No tiene mucho sentido que yo intente resumírtelo en una de esas cápsulas proverbiales, pues soy el primero en admitir mi absoluta falta de cualificación para condensar el significado de la vida en uno o dos párrafos.

Me voy a desviar para apartarme de la palabra “existencialismo”, pero podrías tenerla en cuenta como una especie de clave. También podrías probar con algo llamado “El ser y la nada”, de Jean-Paul Sartre, y otra cosita titulada: “Existencialismo; de Dostoievski a Sartre.” Son meras sugerencias. Si estás genuinamente satisfecho con lo que eres y lo que haces, harás bien en esquivar esos libros- (No despertemos a la fiera.) Pero volvamos a la respuesta. Como decía, poner nuestra fe en las metas tangibles parece, cuando menos, imprudente. Así que no luchamos para ser bomberos, ni policías, ni médicos. Luchamos para ser nosotros mismos.

Pero no me interpretes mal. No quiero decir que no podamos ser bomberos, banqueros o médicos, sino que hemos de lograr que la meta se adapte al individuo en vez de obligar al individuo a adaptarse a la meta. En todo hombre se combinan la herencia y el ambiente para producir una criatura dotada de ciertas capacidades y deseos; eso incluye una necesidad profunda de funcionar de tal modo que su vida adquiera sentido. Un hombre ha de ser; ha de importar.

Así, a mi modo de ver, la fórmula sería más o menos como sigue: un hombre debe escoger el camino que permita el funcionamiento de sus capacidades con la mayor eficacia para la gratificación de sus deseos. Si lo consigue, satisfará la necesidad (pues obtendrá una identidad al seguir un patrón establecido para alcanzar una meta establecida), evitará la frustración de su potencial (pues habrá escogido un camino que no ponga límites a su pleno desarrollo) y se librará del terror de ver cómo languidece su meta, o cómo va perdiendo el encanto a medida que él se acerca (pues en vez de forzarse a cumplir con las exigencias de aquello que persigue, habrá procurado que la meta se adapte a sus capacidades y deseos).

En resumen, no habrá dedicado su vida a alcanzar una meta previamente definida, sino que habrá escogido un modo de vida con la certeza de disfrutarlo. La meta es absolutamente secundaria. Lo que de verdad importa es cómo funcionamos para alcanzarla. Y parece casi ridículo decir que un hombre debe encontrar un funcionamiento que se adapte a su elección; pues permitir que sea otro quien defina sus metas equivale a renunciar a uno de los aspectos más significativos de la vida; el acto definitivo de voluntad que convierte a un hombre en individuo.

Supongamos que crees tener ocho caminos distintos a escoger (todos ellos previamente establecidos, por descontado). Y supongamos que no le ves un sentido real a ninguno de los ocho. Entonces –y aquí se condensa la esencia de todo lo dicho anteriormente- debes encontrar un noveno camino.

Naturalmente, no es tan fácil como suena. Has tenido una vida relativamente estrecha, una existencia más vertical que horizontal. Por eso no es difícil entender que te sientas así. Pero el hombre que pospone la tarea de escoger se verá obligado a aceptar, de modo inevitable, que las circunstancias escojan por él.

Entonces, si te encuentras hoy entre los desencantados, no tienes más remedio que aceptar las cosas como son, o ponerte a buscar algo distinto en serio. Pero cuídate mucho de buscar una meta. Busca una manera de vivir. Decide cómo quieres vivir y luego averigua cómo puedes ganarte la vida dentro de esa manera de vivir. Pero tú mismo me has dicho “No sé dónde buscar; no sé qué buscar.”

Y ahora viene el punto crucial. ¿Merece la pena renunciar a lo que tengo para buscar algo mejor? No lo sé. ¿A ti te lo parece? ¿Quién puede decidirlo, sino tú mismo? Sin embargo, la mera decisión de buscar ya supone un gran avance hacia la elección final.

Si no me obligo a parar, acabaré escribiendo un libro. Espero que no te resulte tan confuso como parece a primera vista. No olvides, por supuesto, que ésta es mi manera de ver las cosas. La verdad es que me parece que se aplica a términos bastante comunes, aunque puede ser que no opines lo mismo. cada cual ha de fundar su credo: resulta que éste es el mío.

Si te parece que alguna parte del mismo carece de sentido, no dudes en señalármelo. No pretendo mandarte en una expedición en busca del Valhalla, sino resaltar que no hay ninguna obligación de aceptar las opciones que la vida te ha dado hasta ahora. Hay más cosas: nadie tiene la obligación de pasarse el resto de su vida haciendo lo que no desea hacer. Sin embargo, una vez más, si terminas haciéndolo, asegúrate por todos los medios posibles de convencerte de que tenías que hacerlo. Te sentirás muy acompañado.

Y eso es todo de momento. Aquí estoy, hasta que vuelva a saber de ti,

tu amigo,

Hunter

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