En los ocho minutos. En el silencio

plane

Temer si dee di sole quelle cose
c’hanno potenza di fare altrui male;
de l’altre no, ché non son paurose.

Hubo una época en que me dio miedo volar. Llevo década y media moviéndome en avión por el mundo con regularidad y frecuencia. Distancias cortas y muy largas. Compañías de bandera y cafeteras de países sospechosos. Nunca me había pasado ni me ha vuelto a pasar desde entonces. Pero hubo una época en la que me dio miedo volar. O mejor dicho, me dio miedo despegar.

Estaba tranquilo en casa. Y al llegar al aeropuerto. En la cola de facturación y en la cola para embarcar. Estaba tranquilo al sentarme y al abrocharme el cinturón. Pero en los pocos minutos que llevan desde que se empiezan a mover las ruedas hasta que el piloto recoge el tren de aterrizaje lo pasaba mal.

No fatal, es cierto. No tenía pánico, sino inquietud, y nunca dejé de coger un avión. Pero me sudaban las manos, la frente, se aceleraba un poco el corazón y tenía que dejar de leer, o intentar concentrarme en leer más fuerte. Era una sensación muy desagradable que desaparecía, casi automáticamente, cuando el aparato llegaba a los 30.000 pies.

Nunca he entendido exactamente qué pasó. No recuerdo cuándo fue la primera vez, ni la última. Qué pensé al principio ni si sentí un alivio cuando desapareció la angustia. Pero sí sé que tenía que ver con ella.

Todo se había terminado, oficialmente y oficiosamente, pero algo quedaba. Bueno, quedaba mucho, porque durante más de un año, aunque mirara, no veía absolutamente a nadie más. Ella estaba a miles de kilómetros. Y yo también para el resto del mundo.

Mi cerebro, por primera vez, no estaba en mi equipo, ni me guiaba ni orientaba. La razón luchaba contra la confusión. Y perdía. Por eso, supongo, empecé a escribir esos mensajes en el móvil.

Eran cortos, magnánimos, directos. Recuerdo perfectamente el viejo Nokia y la carpeta. No había reproches, ni peros. No había grandes discursos ni coelhadas. Sólo una idea, con diferentes palabras cada vez y el mismo destinatario: ‘te quiero, siempre te he querido y te querré, sé feliz’.

Ángela, piloto, me decía que el despegue era una maniobra arriesgada, aunque el aterrizaje también, quizás más. A mí me daba igual. Mi cabeza había interiorizado que si el avión tenía problemas durante el vuelo o durante el aterrizaje tendría tiempo para reaccionar. Era absurdo, claro, pero me tranquilizaba creerlo.

Pero pensaba, me asustaba, que si algo fallaba durante el despegue no tendría tiempo de coger el teléfono, encenderlo, escribir el mensaje y mandarlo. Y eso me angustiaba, me encogía y notaba la tensión en la base del estómago, hasta el dolor.

Todo podía acabar en segundos, y podía soportarlo. Pero quería, necesitaba, que si todo iba a acabar ese mensaje llegara a su destino. Así que los dejaba preparados. En la bandeja de salida, pero sin su nombre. No quería errores tontos o darle al botón en un tropiezo y liarla.

Quería tener el mensaje listo para poder despedirme en cuestión de segundos. No quería irme, desaparecer para siempre, sin que supiera que lo último que pensé fue en ella, pero sobre todo que la seguía queriendo como siempre, independientemente del tiempo y lo ocurrido. Quería que supiera que había sido el alfa y sería el omega, y que deseaba más que nada su felicidad.

Se convirtió en un ritual. Esperaba hasta estar sentado en mi fila, siempre en el pasillo. Por comodidad, pero también para poder sacar rápido del bolsillo el móvil si hacía falta, sin obstáculos a los dos lados. Abría los mensajes y esbozaba, durante cinco minutos, el texto. Minimalista, tierno. Un poco cabrón, porque nadie se merece recibir un mensaje así del pasado que le joda el futuro, aunque sea sólo un instante.

Durante la maniobra el móvil se quedaba en el bolsillo, sujeto. Apagado, pero todo listo para poder conectarlo y enviar en cuestión de segundos. O, en el peor de los casos, soñaba, para que si algo terrible pasaba y no había cobertura, los investigadores lo encontraran encendido y con el mensaje listo para ella.

Entonces, como ahora, me asustaba más no poder despedirme que morir. Es algo que sólo me pasa(ba) en los aviones. Y después de cada accidente, cuando leo o veo las noticias, es lo único en lo que puedo pensar. En los ocho minutos. En el silencio.

Hubo una época en la que me dio miedo volar. En la que me dio miedo sentirme atrapado para siempre. En la que me aterrorizaba bloquearme y no poder decir adiós. Hubo una época en la que tuve miedo. Y de volar también.

Miedo a volar. Pablo Rodríguez (@Suanzes)

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Como algo que cruce el mar y se despierta.

Sea

“Te hablan ahora las rompientes de tu vida

Te cuentan de las falsas Itacas,
del naufragio en costas remotas
de tu cansancio doblándote hacia las olas
Te dicen que más allá está el final
de la tierra
que allí el mar se derrumba, que tu mar
amado se derrumba y que los barcos
nunca han vuelto
Te hablan en tu propia noche los temores

Que suenen entonces como algo que se
despierta estos poemas
como algo que está en ti, como algo que cruce el mar y se despierta.”

Poema Inscripción 178 Raúl Zurita

Madrid es un mapa de historias.

@beatunquetun

@beatunquetun

El primer día que quedamos la ciudad se estaba haciendo noche. Era abril en la Plaza de España, donde se levanta ese coloso destripado con su fachada intacta de 25 plantas. Antes de saludarte me interrumpió un señor que buscaba una calle invisible en un trozo de papel pagado por una cadena hotelera. Y mientras tú inventabas direcciones para aquel turista rendido yo miraba a las parejas que inauguraban las faldas verdes del monumento a Cervantes, a los círculos de amigos que invocaban primaveras, a los hombres que guardaban su vida entera en bolsas de plástico.

Sin tocarnos todavía empezamos a caminar por la plaza de los Cubos. Tú me querías llevar a un concierto de jazz en Martín de los Heros, pero teníamos demasiadas cosas que contarnos -cómo has llegado aquí y dónde estabas todo este tiempo-. Así que durante dos horas, hipnotizados por la curiosidad y las primeras puntas del deseo, dimos vueltas y más vueltas a la misma manzana. Teníamos una ciudad entera, nos bastaban dos calles. Hemos vuelto después a esa zona cero del amor, con otra luz, en otras estaciones pero siempre la recuerdo como aquella noche.

Madrid es un mapa de historias. El parque de Eva Perón, donde las máquinas de pedales para ancianos marchosos han sustituido a los columpios naranjas llenos de baile y óxido que hicieron de mí una intrépida. El Freeway, templo infravalorado de Malasaña, quien dice templo dice ruina. Suficientemente genuino como para no atraer erasmus enloquecidos, la transición perfecta entre el bar de palillos y cañas y las salas como túneles negros donde hacer el mal. Los Vips de hace una década, en los que los batidos de fresa y latón todavía eran dobles. El Hospital de la Princesa grabado así: mi madre en una silla negra de una sala de espera, protegiéndonos como un dique del dolor desconocido más allá de la puerta. Nunca hay que despedirse en los hospitales.

Madrid es también el paseo de coches del Retiro, mitad cabalgatas de Reyes, mitad avenida de libros que huelen a nuevo. Y en el estanque aquellas miniaturas de teatro donde hablaban unas cuantas telas de plata.

A veces, los lugares donde he aprendido a vivir, tiemblan. Se hacen borrosos, porque me falta tiempo o me sobra ruido. Entonces espero el atardecer. Si en un puñado de minutos caben diez cielos distintos, naranjas, morados; si ha sido así antes de que existiera Madrid debajo de este techo infinito, es que cualquier cosa -los sueños o la felicidad, no sé si son lo mismo- es posible.

El cielo de Madrid. María Crespo

Leave.

leave

And so my prayer is that your story will have involved some leaving and some coming home, some summer and some winter, some roses blooming out like children in a play. My hope is your story will be about changing, about getting something beautiful born inside of you about learning to love a woman or a man, about learning to love a child, about moving yourself around water, around mountains, around friends, about learning to love others more than we love ourselves, about learning oneness as a way of understanding God. We get one story, you and I, and one story alone. God has established the elements, the setting and the climax and the resolution. It would be a crime not to venture out, wouldn’t it?

It might be time for you to go. It might be time to change, to shine out.

I want to repeat one word for you:
Leave.

Roll the word around on your tongue for a bit. It is a beautiful word, isn’t it? So strong and forceful, the way you have always wanted to be. And you will not be alone. You have never been alone. Don’t worry. Everything will still be here when you get back. It is you who will have changed.

Through Painted Deserts Donald Miller