Madrid es un mapa de historias.

@beatunquetun

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El primer día que quedamos la ciudad se estaba haciendo noche. Era abril en la Plaza de España, donde se levanta ese coloso destripado con su fachada intacta de 25 plantas. Antes de saludarte me interrumpió un señor que buscaba una calle invisible en un trozo de papel pagado por una cadena hotelera. Y mientras tú inventabas direcciones para aquel turista rendido yo miraba a las parejas que inauguraban las faldas verdes del monumento a Cervantes, a los círculos de amigos que invocaban primaveras, a los hombres que guardaban su vida entera en bolsas de plástico.

Sin tocarnos todavía empezamos a caminar por la plaza de los Cubos. Tú me querías llevar a un concierto de jazz en Martín de los Heros, pero teníamos demasiadas cosas que contarnos -cómo has llegado aquí y dónde estabas todo este tiempo-. Así que durante dos horas, hipnotizados por la curiosidad y las primeras puntas del deseo, dimos vueltas y más vueltas a la misma manzana. Teníamos una ciudad entera, nos bastaban dos calles. Hemos vuelto después a esa zona cero del amor, con otra luz, en otras estaciones pero siempre la recuerdo como aquella noche.

Madrid es un mapa de historias. El parque de Eva Perón, donde las máquinas de pedales para ancianos marchosos han sustituido a los columpios naranjas llenos de baile y óxido que hicieron de mí una intrépida. El Freeway, templo infravalorado de Malasaña, quien dice templo dice ruina. Suficientemente genuino como para no atraer erasmus enloquecidos, la transición perfecta entre el bar de palillos y cañas y las salas como túneles negros donde hacer el mal. Los Vips de hace una década, en los que los batidos de fresa y latón todavía eran dobles. El Hospital de la Princesa grabado así: mi madre en una silla negra de una sala de espera, protegiéndonos como un dique del dolor desconocido más allá de la puerta. Nunca hay que despedirse en los hospitales.

Madrid es también el paseo de coches del Retiro, mitad cabalgatas de Reyes, mitad avenida de libros que huelen a nuevo. Y en el estanque aquellas miniaturas de teatro donde hablaban unas cuantas telas de plata.

A veces, los lugares donde he aprendido a vivir, tiemblan. Se hacen borrosos, porque me falta tiempo o me sobra ruido. Entonces espero el atardecer. Si en un puñado de minutos caben diez cielos distintos, naranjas, morados; si ha sido así antes de que existiera Madrid debajo de este techo infinito, es que cualquier cosa -los sueños o la felicidad, no sé si son lo mismo- es posible.

El cielo de Madrid. María Crespo

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