Legados.

Artesanía

Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás ahí. «No importa lo que hagas –decía-, en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre».

Fahrenheit 451. Ray Bradbury

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Esa clase de tesoros que nadie en el mundo te puede arrebatar.

compro oro

Podía ser un poeta loco aquel mendigo de barba florida, semejante a Walt Whitman, que se paseaba por una calle muy concurrida con un gran cartel colgado del cuello, donde con letras mayúsculas había escrito: compro oro. Toda la ciudad estaba plagada con esta clase de anuncios que incitaban a vender el oro que muchas familias guardan en las gavetas de la cómoda o en la caja fuerte de los bancos, pero el mendigo no servía de reclamo para ninguna casa de empeños. Este mendigo era dueño de un extraño negocio. No le interesaban los relojes, pulseras, collares, monedas, lingotes y medallas que muchos empeñan o malvenden para remediar alguna necesidad en tiempos de crisis. Al mendigo la crisis económica le traía sin cuidado. Un día se le acercó alguien para ofrecerle sus muelas de oro: “No tengo nada que comer. Se las cambio por un pollo frito”, suplicó. El mendigo le dijo: “Solo busco el oro que no tiene precio”.

Este hombre-anuncio podría comprar el oro que se extiende en el mar en un centelleante amanecer, el oro cegador que deja en los rastrojos la siega del trigo en agosto, el oro que madura en los membrillos por San Martín en noviembre, el oro podrido de las hojas muertas de otoño que se lleva el viento. Como era un viejo enamorado también hubiera comprado la trenza de oro que le partía la espalda a aquella muchacha que se llamaba María Berenguela y cada uno de los pelillos de melocotón que brillaban al trasluz en sus brazos y muslos tostados en la playa este verano.

El mendigo solo buscaba esa clase de tesoros que nadie en el mundo te puede arrebatar, el de los cofres de los piratas que solo existían en los cuentos de niños; también mendigaba el oro de cualquier sillar románico cuando el sol lo enciende a media tarde y la luz de oro que emerge de algunos cuadros de Klimt o de Matisse, el de las letras capitulares de los códices de vitela, pero no el oro de las mitras de los papas ni el de las coronas de los reyes. Compraba el oro que nos envuelve como una dádiva, el que se nos hace sabios al contemplarlo: el mosto que fluye de la uva al final de la vendimia y que el crepúsculo dora en la copa de vino que tienes en la mano, ese oro que vuelve siempre a brillar sobre la vida cuando sale el sol cada mañana.

Compro oro Manuel Vicent

Buscad arrecifes y cosas que brillen.

Dive

Tristán, merluzo; Alma, sirena:

Supongo que ya habéis asumido que no sé vivir fuera del Submarino: me ahogaría en cuanto abandonara la isla. Por cierto, habéis dejado esto hecho unos zorros, parece un parque abandonado y los dueños os quieren matar. Además, ahora ya no hay nada de música, ni de la de mierda ni de la de verdad: aquí no cantan ni los loros. (…)

Lo de la noche del mambo fue el canto del delfín, o del cisne. La última vez. La puta hostia. La repanocha, si está leyendo esto la señorita. Nunca pensé que volvería a sentir algo así: volví a la vida, chavales. Pero todo esto es como la canción perfecta: la he vuelto a encontrar, pero tengo miedo de intentar repetirlo y que no me guste. Aquello fue fenómeno, y yo ya tengo mandanga para tirar el tiempo de vida que me quede. Soy un salmón cayendo cansado río abajo, pero vosotros me hicisteis subir hasta la cima otra vez. Y eso ya es fenomenal. Sois unos pirámides cuando queréis.

Tristón, ya sabes que hay dos cosas que no dejan que me mueva: el puto calor y la nostalgia del futuro. Si es que ya lo has entendido, que a veces eres más tonto que el payaso que recibe las hostias. Tristán, Tristón, Tritón, merluzo: aprovecha lo que tienes, acércate a gente como Alma, a gente del futuro aún por descubrir, para activarte tú. Eres un mierda, pero cuando te calientas tienes más fuerza que un ciclón. Deja ya de ver documentales y de leer libros y empieza a vivir las cosas; igual no las vivas tanto como yo, o hazlo de otra forma, pero no te quedes quieto.

Deja que me ponga un poco sentimental, soy un abuelo duro de roer, pero también puedo ponerme tierno como si cantara una canción de amor, soy un hombre maduro muy bien parecido y de acusada sensibilidad: durante un tiempo, yo volví a ser un precioso atún y tú un delfín. Ya sabes que nadan juntos por el océano, en los trópicos o en el Índico, no sé, uno da saltos y el otro conoce el camino de las profundidades, uno es joven y bonito y el otro tiene una carne muy sabrosa (algo que, Alma, sirena, nena, podrías haber comprobado cuando quisieras). Nadie sabe si es el delfín que tira del atún o el atún es que persigue al delfín, pero el caso es que los dos buscan la misma comida y se ayudan. Buscamos las risas, las canciones, los cuentos, los tragos y las mujeres. Bueno, Tritón, en tu caso, las mujeres te encuentran a ti, que si tuvieras que buscarlas tú aún estarías jugando con tu manubrio como si no hubiera un mañana.

Muchas gracias por nadar a mi lado todo este tiempo, Tristón, aunque sé en el fondo de mi corazón que el que debe estar más agradecido por la belleza y experiencia del compañero de viaje eres tú, claro.

Dejadme que me ponga un poco sarasa, en plan Tristán: vosotros sois peces dorados, de los que dibujan círculos elegantes y esquivan los problemas, pero cuidado con los peces globo. Cuidado, de verdad: son peligrosos. Son unos verdaderos cabrones, los peces globo. El veneno de un pez malo puede ser mil doscientas veces más mortal que el cianuro: uno solo puede matar con su veneno a treinta personas. ¡Qué digo a treinta!, ¡a cincuenta, si es cabrón de verdad! Alejaos de la gente que no os quiera, porque os vais a cruzar con muchos peces de ésos.

Villa Verano era la aleta de una ballena azul la hostia de grande, dormida antes que llegarais. Nosotros éramos tan pequeños, nos sentíamos tan mierdecillas, que no sabíamos que aquello no era tierra firme, no sabíamos que aquello  podía llegar a levantarse y llevarnos a algún sitio. Como en el libro aquel que soñaste y que me contaste (que todo lo aprendes en los putos libros). Yo, de hecho, creo que estaba dentro de la ballena: El Submarino debía de ser el estómago de una ballena enorme. Gracias a vosotros, la ballena me escupió. Despertó, yo desperté, la isla voló durante una noche y voló como en tu sueño, y todo gracias a vosotros. Como en el otro libro aquel del que me hablabas, Tristón, los gélidos alienígenas a tomar por culo gracias a la música, los altavoces a toda mecha.

Vosotros sois como el estribillo de una canción, pero los estribillos no se pueden repetir muchas veces. Así que aquí estoy, muy lleno con lo que he vivido con vosotros, tranquilo, perdiéndome algo pero al menos no perdido del todo. No os preocupéis, de verdad, los salmones viejos somos como los peces abismales, o algo así (es decir: los peces del fondo del mar, Tristón, que hay que explicártelo todo): no sabemos consolar incluso estando solos, y no me refiero a consolarnos como lo haces tú, con el cinco contra uno, Tritón. No, nos consolamos con nuestros recuerdos, con lo que hemos comido en agua salada hace ya tiempo. Somos como peces abismales, ¿os lo había dicho? Somos feos, pero a cambio evitamos los arpones y los anzuelos, somos biluzminadores, o algo así, y eso quiere decir que tenemos luz propia, y también un poco de mala leche. Podemos estar a setecientos metros de profundidad, totalmente a oscuras, solos en el Universo, pero también podemos generar nuestra propia luz con el cuerpo y seguir nadando. Mientras nadamos no nos morimos, y os aseguro que llevo toda la vida nadando, así que nado de puta madre.

Alma y Tristán también nadan bien, y eso que Tristán es un renacuajo. Buscad arrecifes y cosas que brillen, nadad con otros peces que conozcan nuevas rutas, atentos a la música eléctrica de las focas y a las crestas de las olas, y a las resacas y a los rayos de sol y a todas las centellas. Nadad más y más. Practicad un poco más. Practicad en aguas dulces. Dentro de un tiempo, os echo una carrera.

Inocente, Capitán Nemo

Carta de ajuste –Hilo musical. Miqui Otero