Que siguen alzando la cabeza para clavar su mirada en el cielo.

FrostEn los poemas de Robert Frost, los árboles aparecen a menudo azotados por el viento y la lluvia, y mientras los troncos permanecen casi impasibles, las ramas se doblan y acaban perdiendo su rigidez, inclinándose para sobrevivir, como si supieran que de no hacerlo la naturaleza les quebraría. Resulta difícil no ver en sus versos una delicada reflexión sobre la existencia de cada uno de nosotros, esa idea de que a veces no tenemos más remedio que doblarnos, aun a sabiendas de que enderezarse de nuevo resultará muy difícil.

Cuando se habla de Frost siempre sale a la luz el duro camino que le tocó recorrer, algo que parece anticipar en sus poemas, como si de algún modo esperara la llegada de los golpes. Tres de sus hijos murieron, un cuarto acabó en una institución mental y su mujer, la mujer de su vida, murió de un cáncer con prisa por terminar su trabajo. Es inevitable no leer a Frost, siempre sencillo, con la humildad de un recién llegado, y no pensar en su forma de encajar el desaliento.

Pensó que a solas podía captar el universo entero; 

Pero la única voz que obtuvo por respuesta 

Fue el falso eco de sí mismo 

Que procedía del precipicio, 

al otro lado del lago.

Robert Frost nació el 26 de marzo de 1874 en San Francisco. Su padre, un periodista llamado William Prescott Frost Jr. murió de tuberculosis cuando el futuro poeta contaba con tan solo once años edad. Él y su madre se mudaron a un pueblo llamado Lawrence, donde Frost empezó a estudiar. Allí conoció a Elinor White, la que a la postre se convertiría en su esposa a fuerza de insistir (al parecer, Elinor tenía un aprecio especial por la palabra «no»). Ambos se casaron en 1895 y su primer hijo, Elliot, nació en 1896. Frost fue aceptado en Harvard pero sus recurrentes problemas de salud le obligaron a abandonar al cabo de dos años.

En las fotografías de la época, más allá de un pelo desmadrado, ya se ve en los ojos del poeta una sensación de inquietud, de duda, y aunque algunos de sus biógrafos sostienen que fue una época feliz, quizás porque Frost se sabía frágil, su estado de ánimo se perdía en el blanco y negro del papel fotográfico. Por aquel entonces ya había empezado a escribir poemas y en 1894 había conseguido que le publicaran el primero en una pequeña revista de Nueva York. Aquello le había animado y había seguido insistiendo, buscando un estilo que reflejaba el amor que aquel chico de San Francisco sentía por las palabras.

En 1900 su hijo Eliot murió de cólera y esto causó un grandísimo impacto en el matrimonio e introdujo en Frost una suerte de pesimismo que tira del lector hacia el sur, hacia la parte más baja del alma, esa donde uno se siente a merced de los elementos. Coincidiendo con su mudanza a una granja, el poeta empezó a gozar de los largos paseos por los bosques que rodeaban la propiedad, y su lenguaje se llenó de ríos, piedras, robles y flores. Su manera de comunicarse con la naturaleza, casi como si Walt Whitman guiara sus pasos, conecta incluso con aquellos que no sienten pasión por la poesía. Como esas guías de viaje de Julien Viaud donde uno puede sentir el olor de la hierba o el sonido de las conversaciones ajenas, en los versos de Frost uno puede intuir la textura de Nueva Inglaterra bajo sus pies y observar el horizonte llenarse de nubes y hasta —muy probablemente— notar la brisa en el rostro. En los poemas de Frost las tormentas nos inquietan, el viento nos hace retroceder y las hojas caen a nuestro alrededor. Pocos poetas resultan tan físicos en sus mecanismos, tan elegantes en sus premisas y tan brutalmente evocadores en la relación con su entorno.

Es justo allí

a mitad de camino entre

el huerto desnudo

y el huerto verde,

cuando las ramas están a punto

de estallar en flor,

en rosa y blanco,

que tememos lo peor.

Pues no hay región
que a cualquier precio

no elija ese tiempo

para una noche de escarcha.

De 1912 a 1915, Frost se marchó a Inglaterra, en el que sería de todos sus viajes el que más profundamente marcaría su vida. Allí conoció al escritor Edward Thomas y los dos se hicieron grandes amigos. Thomas era un hombre indeciso, una suerte de tartamudo vital que creía que tomar cualquier sendero significaba perderse muchos otros que eran igualmente atractivos. Aun sabiendo que tarde o temprano habría que decidirse, Thomas demoraba cualquier decisión hasta que la decisión acababa imponiéndose, como si fuera la decisión la que decidiera. A Frost aquello le pareció remarcable y la incapacidad de su amigo para cerrar puertas inspiro el más famoso de los poemas del estadounidense: «The road not taken» [«El camino no elegido»].

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;
Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.
Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.
Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.

Este poema, un ejemplo de la belleza que asoma en las composiciones del californiano, se convirtió en su legado tanto como «Oh capitán, mi capitán» se convirtió en el del mencionado Whitman. Curiosamente, Frost siempre jugó a no desvelar demasiado del significado de estos versos. Unos vieron en ellos una advertencia: solo en la vejez uno adquiere la clarividencia necesaria para mirar atrás y ver cuál fue ese error (no acostumbramos a recordar los ciertos) que cometió. Otros creen que el poeta se ríe de los que viven en la perpetua duda, los que son —como su amigo Thomas— apóstoles del murmullo. Para algunos «El camino no elegido» es un juego algo perverso en el que Frost habla de dos caminos exactamente iguales, sin matices de ningún tipo, para después acabar concluyendo que le hubiera gustado volver atrás aun sabiendo que no existiría ninguna diferencia en tomar un u otro sendero. Hasta los hay que creen que en el poema subyace algún tipo de acertijo iniciático. Frost dijo una vez, preguntado al respecto, «este es un poema complicado, muy complicado». Y hasta en eso, nadie se pone de acuerdo.

Cuando el poeta volvió a Estados Unidos, obligado por los vientos de guerra que corrían en la vieja Europa, ya era reconocido como un gran poeta. Su aventura al otro lado del Atlántico le había traído fama y fortuna y cuando regresó se dedicó a enviar los mismos manuscritos que habían sido rechazados a los mismos editores que los habían rechazado. Ganó cuatro veces el premio Pulitzer, fue galardonado con todos los parabienes imaginables y hasta fue invitado a la Casa Blanca para leerle un poema a John Fitzgerald Kennedy. Su vista era tan endeble en aquellos días que en lugar de proceder con el programa previsto que consistía en leer una composición que había escrito especialmente a JFK, Frost declamó el único de sus poemas que se sabía de memoria.

Frost escribió de la vida antes de que esta le azotara como la lluvia y el viento golpeaban a los árboles de sus poemas. Más allá de su triste vida familiar, el artista intentó por activa y por pasiva convertirse en un capataz de su propia granja, sin que nada le saliera bien. Lo mismo pasó con el resto de inversiones empresariales que intentó. El poeta solo podía ser poeta, por mucho que él se empeñara en llevarle la contraria al azar.

Para los amantes de la poesía, Robert Frost es, de algún modo, el otoño, la nostalgia y el atardecer. Pero también la imagen del tipo cansado que se sienta en el porche de su casa a observar lo que sucede allí donde los ojos pierden la pista del suelo, o la del viajero que nunca se siente en casa, por mucho que lo intente; o la del solitario, apurando su cerveza en la barra de un bar, en una calle destartalada.

Frost es —muchas veces— la reencarnación del grumete que, tozudo, se agarra al timón del barco, aún sabiendo que ya no hay más aguas que navegar.

Siempre se dice del poeta que escogía las palabras justas, que era sencillo y entendible, que sus versos hablaban del americano de a pie. Todo ello es verdad, pero no lo es menos que su trascendencia en el mundo de la literatura se debe a su capacidad de llenar la mente del lector de lugares que nos recuerdan con intensidad a algo o a alguien; de recorrer con el verbo paisajes que nos reconciliaron con el mundo, de su empeño en hablar de nosotros, de nuestras cosas pequeñas, de nuestros desengaños, de la morriña que nos visita justo antes de dormir.

Este maravilloso poeta, que murió el 29 de enero de 1963, conecta con los que le leen porque sabe que en nuestro interior somos como él: soñadores agarrados al último resto de un naufragio que siguen alzando la cabeza para clavar su mirada en el cielo.

Poemas para leer a escondidas. -Toni García Ramón

Eres. Me basta.

《Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta)》


Ángel González

Y por lo que más quieras, nunca te vendas.

Office Surf

Viaja, viaja sin descanso. Viaja sola y acompañada, en familia y enamorada (no existe nada mejor) viaja con amigos y también —por qué no, con un amante, viaja en primera pero también en apestosos trenes regionales. Tienes que conocer La Mamounia y ver caer el atardecer en la terraza del Fortuny, con un Bellini en la mano (yo me encargaré de esto). Viajar es la única cura (bueno, y unos cuantos libros) que he conocido contra la estupidez.

No acumules trastos, no tengas dos armarios, no pierdas el tiempo soñando con un vestidor. Sólo son cosas, no te definen. Y quizá esta sea la lección más difícil de aprender (a mi me costó toda una vida). Las cosas sólo son cosas: no tengas miedo a deshacerte de ellas, a lo único que has de tener miedo es a no acumular calambres.

No te midas, no dejes cosas por decir, saca la mierda —ya— de la alfombra. Aún no lo ves, pero la vida es jodidamente corta, un día medirás tu vida por las cosas que no hiciste. Ojalá te salgan las cuentas.

Paga tus deudas, aprende a decir no (es lo que diferencia a un tarugo de un Rey) recuerda siempre que nadie te debe nada. Sé fiel. A tu pareja, a tus valores, a tu gente y (también) a ti misma. Esa fidelidad inquebrantable es la única vía que yo he conocido para dormir bien por las noches. Y qué placer, qué importante es dormir bien por las noches.

Lo de la sangre —por mucho que a tu padre le fascine El Padrino, es una soberana gilipollez. Tu familia es tu gente, y tu gente son los que se partirían la cara por ti, en cualquier situación. Nada vale tanto como un buen amigo. Nada.

Bebe vino, aprende a comer, cocina para otros. (…) Come, siempre que puedas, frente al mar. Todo es más fácil frente al mar.

Dedica tu vida a los animales. Cada minuto perdido con ellos valdrá un millón de veces más que muchas de las personas que habitarán tus días.

Es inevitable: la música será tu vida. Escucha lo que sea que escuches —no hagas caso a los carcas, pero haz hueco para Chet Baker, Coltrane, Morricone, Dylan, Miles Davis, Mozart y los Smiths. No hagas puto caso a los infelices que te digan (lo harán, créeme) que no hay que escuchar esto o lo otro. Si te emociona, me sirve.

El cine, el cine —ya lo sabes, fue el mejor diván que pudo tener tu padre: una sala oscura, el silencio, unos títulos de crédito. Las veremos juntos, pero aquí te dejo una letanía: Rojo, Amour, La última noche, Cuentos de la luna pálida de agosto, Chihiro, El Gatopardo, Fresas Salvajes, Nelly y el sr. Arnaud, Los Puentes de Madison, Dublineses, Hannah y sus hermanas, Dersu Uzala, El Río, Tierras de Penumbra, Big Fish, todo Wilder, todo Hitchcock, todo Pixar, todo Buñuel, todo Erice, todo Kubrick. Y claro, aquella pequeña obsesión de tu viejo.

Escribe, escribe sin descanso. No esperes un tema, ni una excusa ni un trabajo: sencillamente escribe. Créeme, todo es más fácil cuando lo ves sobre el papel. Lee hasta que se te caigan los párpados, no lo dejes cuando la vida te reclame horarios (lo hacen tantos…) que leer no sea un recuerdo de tu juventud, que sea una necesidad, una sed: No hay otro camino, y nunca lo hubo.

No es lo que miras, es cómo lo miras. Aprende a mirar. Y a mirar se aprende mirando: exposiciones, calles, vidas, cafés, lienzos, amaneceres y portazos. Un pequeño truco: cuatro ojos ven más que dos.

Aprende a sobrevivir («Quien resiste, gana» en la tumba de Cela) pero que nunca sea suficiente: has de vivir.

Te van a hacer daño (es inevitable) pero te levantarás. Yo estaré ahí, ayudándote un millón de veces. No pretendo que no caigas, tan sólo que aprendas una lección —por pequeña que sea, tras cada caída. Esas lecciones serán tu tesoro.

Date entera.

Y por lo que más quieras, nunca te vendas.

 Jesús Terrés

Y pienso a veces la vida concede extraños privilegios.

beatunquetun

Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces.

Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo.

Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes… Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío.

Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie…». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle.

Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo.

El adiós de Héctor. Arturo Pérez Reverte