Y pienso a veces la vida concede extraños privilegios.

beatunquetun

Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces.

Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo.

Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes… Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío.

Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie…». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle.

Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo.

El adiós de Héctor. Arturo Pérez Reverte

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