Never lost, always home.

Walking the roads of our youth

through the land of our childhood, our home and our truth

 

Be near me, guide me

always stay beside me so i can be free, free

 

Lets roam this place

familiar and vast

our playground of green frames, our past

 

We were wanderers

never lost, always home

 

When every place was fenceless

and time was endless

our ways were always the same

 

Cool my demons and walk with me brother

until our roads lead us away from each other

and if your heart’s full of sorrow, keep walking, don’t rest

and promise me from heart to chest

to never let your memories die, never

 

I will always be alive and by your side,

in your mind

 

I’m free

Dear Brother. John Reilly

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Con esa convicción empieza la mirada.

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Cuando era un crío, el ritual se repetía cada noche. Daba un salto, nervioso y expectante, y me espachurraba en el colchón. A mi lado, Blanca, Dani e Iván se hacían sitio. Luego llegaba él. Antes de ir a dormir, mi padre siempre tenía un cuento para mis tres hermanos y para mí. No siempre eran las historietas habituales como Caperucita, El soldadito de plomo o Los tres cerditos. A menudo, mi padre nos explicaba libros como El lazarillo de Tormes, El viejo y el mar, La isla del tesoro o pasajes de Don Quijote de la Mancha. Había uno que me fascinaba especialmente: Un capitán de quince años, de Julio Verne. Después de un sabotaje en las brújulas del barco, Dick Sand, el precoz capitán, no se deja engañar cuando, al tomar tierra, le dicen que está en América. Se interna en la selva y descubre que está en África porque ve jirafas e hipopótamos y escucha el rugido de un león.

Con ese cuento empieza mi África.

Luego llegaron los madrugones en agosto de un mocoso insoportablemente poco dormilón. En los veranos en casa de mis abuelos, mi amama se quemaba los labios con el café y sorbía sin hacer ruido para tratar de evitar lo imposible: que yo apareciera en la cocina lleno de legañas y en pijama, desparramara los deberes en la mesa y me fuera a jugar al jardín trasero hasta que mis hermanos se despertaran. Ellos eran niños normales en verano de esos que, si no fuera porque las madres descorren las cortinas a las once, en lugar de dormir, hibernarían. Yo jugaba siempre a lo mismo: lanzaba la pelota al tejado y, cuando volvía a caer, chutaba contra la valla de cipreses del vecino imaginándome golazos increíbles y la ovación del Camp Nou. A veces, mi amama dejaba enfriar aquel café apresurado con preguntas de abuela: ¿Qué quieres ser de mayor? “Futbolista, bombero, alpinista o periodista”, respondía. Mi amama, que tenía cariño a los cipreses, y a quien una redacción de diario le debía parecer menos afilada que el fuego o las montañas, me hacía prometer que lo haría bien.

—Hay que leer mucho para escribir bien, ¿eh?

—Vale.

Con esa promesa empieza el periodista.

Después llegaron los viajes, los Pirineos y Gabilondo en la radio de casa; y llorar por Miguel Gil en Sierra Leona. Las lecturas, los aciertos y los errores. Sobre todo, los errores. Cuando rompía algo, me olvidaba cualquier cosa o liaba la mundial, algo que ocurría con bastante frecuencia, mis hermanos se miraban y se choteaban sin piedad: “el mundo sigue girando”, repetían. Mis metidas de pata, decían, eran la constatación de que las cosas seguían su curso habitual. Aún lo dicen. Recuerdo el olor a periódico de los domingos y descubrir a Gervasio, a Bru o a Kim Manresa. Y aquella llamada de mi madre: “Te llamo por si no te has enterado aún; ha muerto Kapuscinski”. Ver que hay otra forma de mirar. Y de contar lo que casi nadie cuenta. Y convencerse firmemente de que si empuja la cantidad de gente suficiente, con la fuerza adecuada y la perseverancia necesaria no hay ninguna pared indestructible. Y tener ganas de empujar.

Con esa convicción empieza la mirada.

Dos años después de instalarme en Sudáfrica, Somalia se resquebrajó del todo. La violencia de la banda fundamentalista Al Shabab y la peor sequía en 60 años provocó un éxodo a través del desierto. Miles de personas llegaban cada día, exhaustas y muertas de hambre y sed, a las fronteras de Kenia y Etiopía. Algunas madres caminaban con su bebé muerto en los brazos. El mundo miraba hacia la primavera árabe o a un tsunami en Japón y los presupuestos en las redacciones se apretaban el cinturón. No había sitio para muertos negros. Pero sí para preguntas de Júlia. “¿Crees que debes ir?”.

Con esa pregunta empieza el compromiso.

Yo soy periodista desde África por torpeza. Porque no me di cuenta de que eran los demás quienes me despertaban la pasión e invitaban a serlo. Por un niño capitán. Por amama. Por Júlia. Gracias a ellos.

África en un café de Julio Verne. Xavier Aldecoa