A combatir, buscar, encontrar y no ceder.

tumblr_nhzldyhBDK1tendedo1_500

De nada sirve que viva como un rey inútil

junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,

el consorte de una anciana, inventando y decidiendo

leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,

que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.

No encuentro descanso al no viajar; quiero beber

la vida hasta las heces. Siempre he gozado

mucho, he sufrido mucho, con quienes

me amaban o en soledad; en la costa y cuando

con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia

irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso;

pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento,

he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres

y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,

no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas;

y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,

allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.

Formo parte de todo lo que he visto;

y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual

se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye

una y otra vez cuando avanzo.

¡Qué fastidio es detenerse, terminar,

oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!

Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra

sería del todo insuficiente, y de la única que tengo

me queda poco; pero cada hora me rescata

del silencio eterno, añade algo,

trae algo nuevo; y sería despreciable

guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles,

y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo

de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae,

más allá del límite más extremo del pensamiento humano.

 

Éste es mi hijo, mi propio Telémaco,

a quien dejo el cetro y esta isla.

Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar

en esta labor, para civilizar con prudente paciencia

a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente

a que se sometan a lo que es útil y bueno.

Es del todo impecable, dedicado completamente

a los intereses comunes, y se puede confiar

en que sea compasivo y cumpla los ritos

con que se adora a los dioses tutelares

cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío.

 

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;

allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros,

almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí,

y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida

tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos

con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido.

La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.

La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,

alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,

no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.

Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:

el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos

lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.

No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.

Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos

los resonantes survos, pues me propongo

navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan

todos los astros del occidente, hasta que muera.

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;

es posible que demos con las Islas Venturosas,

y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.

A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar

de que no tenemos ahora el vigor que antaño

movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:

un espíritu ecuánime de corazones heroicos,

debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida

a combatir, buscar, encontrar y no ceder.

Ulysses Alfred Lord Tennyson

En los libros encuentro esa otra parte de la vida donde no alcanza mi vida.

ReaderEn los libros encuentro esa otra parte de la vida donde no alcanza mi vida. Ese otro yo que se vuelve alegre al roce del papel: el que gusta de un viaje imprevisto, de una penumbra compartida, de una página leída a dos voces, de un poema dicho en alto, de un descubrimiento, de una impaciencia, de ciertas desnudeces que dispensa el leer apoyado en el calor de un cuerpo ajeno.

En los libros uno vuelca recuerdos, vicios, pecados, manías. En algunos párrafos inesperados he amado como nunca imaginé que era posible. He regalado libros (dos o tres últimamente) como si me donase enteramente al cobijo de otras manos. He buscado en mí esa parte de ti que sólo está en lo escrito. Leer es lo que importa. Escribir tan sólo es la forma más honda de leernos a nosotros mismos.

El libro no es una herramienta, sino un motor en marcha. Cualquier dictadura odia los libros porque el fascismo (rojo, azul, verde, blanco, negro, multicolor) agarra mejor en la tundra de la estupidez, en la planicie de la fragilidad y del miedo. Una sociedad fuerte y exigente es aquella que está cableada de lecturas, de palabras, de desacuerdos, de ideas que se van orientando de una página a otra, como antídoto contra la estrechez, contra el dogma, contra lo irremediable, contra esos que aceptan tener la puerta de la jaula entornada porque se vive más mejor sin pensar por fuera del alambre. Ya saben, la comodidad del ocio como único dios verdadero, y de la calidad de vida y de esas otras marcas blancas de la banalidad y la pereza.

Hay momentos en que la mayor verdad del hombre también está cifrada en una ficción o en un poema. Y en ella nos hacemos más libres. Más firmes. Más desobedientes. Más humanos. Menos inciertos y menos adornados de quincalla. Una sociedad que acepta ser compleja no acepta fácilmente ser chuleada, sometida y convencida. Y aun así, cada vez importa menos la lectura. Cada día hay menos lectores. Y esa flaqueza se nos nota.

Pierden asiduos los libros. Pierden cómplices los periódicos. Gana la cháchara y grito desaforado. Mañana se celebra el Día del Libro, que es una festividad blanda donde se saca en procesión a algunos escritores como anzuelos de un palagre. Es una cuestión de negocio. Bien por ellos. Pero eso no tiene mucho que ver con lo que hablamos cuando hablamos de libros. Ni con la lectura. Ni con ese flipar sin tiempo ni hora que ofrece una página «cuando rompe el mar helado que hay dentro de nosotros» (Borges).

Los libros. Antonio Lucas.