En los libros encuentro esa otra parte de la vida donde no alcanza mi vida.

ReaderEn los libros encuentro esa otra parte de la vida donde no alcanza mi vida. Ese otro yo que se vuelve alegre al roce del papel: el que gusta de un viaje imprevisto, de una penumbra compartida, de una página leída a dos voces, de un poema dicho en alto, de un descubrimiento, de una impaciencia, de ciertas desnudeces que dispensa el leer apoyado en el calor de un cuerpo ajeno.

En los libros uno vuelca recuerdos, vicios, pecados, manías. En algunos párrafos inesperados he amado como nunca imaginé que era posible. He regalado libros (dos o tres últimamente) como si me donase enteramente al cobijo de otras manos. He buscado en mí esa parte de ti que sólo está en lo escrito. Leer es lo que importa. Escribir tan sólo es la forma más honda de leernos a nosotros mismos.

El libro no es una herramienta, sino un motor en marcha. Cualquier dictadura odia los libros porque el fascismo (rojo, azul, verde, blanco, negro, multicolor) agarra mejor en la tundra de la estupidez, en la planicie de la fragilidad y del miedo. Una sociedad fuerte y exigente es aquella que está cableada de lecturas, de palabras, de desacuerdos, de ideas que se van orientando de una página a otra, como antídoto contra la estrechez, contra el dogma, contra lo irremediable, contra esos que aceptan tener la puerta de la jaula entornada porque se vive más mejor sin pensar por fuera del alambre. Ya saben, la comodidad del ocio como único dios verdadero, y de la calidad de vida y de esas otras marcas blancas de la banalidad y la pereza.

Hay momentos en que la mayor verdad del hombre también está cifrada en una ficción o en un poema. Y en ella nos hacemos más libres. Más firmes. Más desobedientes. Más humanos. Menos inciertos y menos adornados de quincalla. Una sociedad que acepta ser compleja no acepta fácilmente ser chuleada, sometida y convencida. Y aun así, cada vez importa menos la lectura. Cada día hay menos lectores. Y esa flaqueza se nos nota.

Pierden asiduos los libros. Pierden cómplices los periódicos. Gana la cháchara y grito desaforado. Mañana se celebra el Día del Libro, que es una festividad blanda donde se saca en procesión a algunos escritores como anzuelos de un palagre. Es una cuestión de negocio. Bien por ellos. Pero eso no tiene mucho que ver con lo que hablamos cuando hablamos de libros. Ni con la lectura. Ni con ese flipar sin tiempo ni hora que ofrece una página «cuando rompe el mar helado que hay dentro de nosotros» (Borges).

Los libros. Antonio Lucas.

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