Que siguen alzando la cabeza para clavar su mirada en el cielo.

FrostEn los poemas de Robert Frost, los árboles aparecen a menudo azotados por el viento y la lluvia, y mientras los troncos permanecen casi impasibles, las ramas se doblan y acaban perdiendo su rigidez, inclinándose para sobrevivir, como si supieran que de no hacerlo la naturaleza les quebraría. Resulta difícil no ver en sus versos una delicada reflexión sobre la existencia de cada uno de nosotros, esa idea de que a veces no tenemos más remedio que doblarnos, aun a sabiendas de que enderezarse de nuevo resultará muy difícil.

Cuando se habla de Frost siempre sale a la luz el duro camino que le tocó recorrer, algo que parece anticipar en sus poemas, como si de algún modo esperara la llegada de los golpes. Tres de sus hijos murieron, un cuarto acabó en una institución mental y su mujer, la mujer de su vida, murió de un cáncer con prisa por terminar su trabajo. Es inevitable no leer a Frost, siempre sencillo, con la humildad de un recién llegado, y no pensar en su forma de encajar el desaliento.

Pensó que a solas podía captar el universo entero; 

Pero la única voz que obtuvo por respuesta 

Fue el falso eco de sí mismo 

Que procedía del precipicio, 

al otro lado del lago.

Robert Frost nació el 26 de marzo de 1874 en San Francisco. Su padre, un periodista llamado William Prescott Frost Jr. murió de tuberculosis cuando el futuro poeta contaba con tan solo once años edad. Él y su madre se mudaron a un pueblo llamado Lawrence, donde Frost empezó a estudiar. Allí conoció a Elinor White, la que a la postre se convertiría en su esposa a fuerza de insistir (al parecer, Elinor tenía un aprecio especial por la palabra «no»). Ambos se casaron en 1895 y su primer hijo, Elliot, nació en 1896. Frost fue aceptado en Harvard pero sus recurrentes problemas de salud le obligaron a abandonar al cabo de dos años.

En las fotografías de la época, más allá de un pelo desmadrado, ya se ve en los ojos del poeta una sensación de inquietud, de duda, y aunque algunos de sus biógrafos sostienen que fue una época feliz, quizás porque Frost se sabía frágil, su estado de ánimo se perdía en el blanco y negro del papel fotográfico. Por aquel entonces ya había empezado a escribir poemas y en 1894 había conseguido que le publicaran el primero en una pequeña revista de Nueva York. Aquello le había animado y había seguido insistiendo, buscando un estilo que reflejaba el amor que aquel chico de San Francisco sentía por las palabras.

En 1900 su hijo Eliot murió de cólera y esto causó un grandísimo impacto en el matrimonio e introdujo en Frost una suerte de pesimismo que tira del lector hacia el sur, hacia la parte más baja del alma, esa donde uno se siente a merced de los elementos. Coincidiendo con su mudanza a una granja, el poeta empezó a gozar de los largos paseos por los bosques que rodeaban la propiedad, y su lenguaje se llenó de ríos, piedras, robles y flores. Su manera de comunicarse con la naturaleza, casi como si Walt Whitman guiara sus pasos, conecta incluso con aquellos que no sienten pasión por la poesía. Como esas guías de viaje de Julien Viaud donde uno puede sentir el olor de la hierba o el sonido de las conversaciones ajenas, en los versos de Frost uno puede intuir la textura de Nueva Inglaterra bajo sus pies y observar el horizonte llenarse de nubes y hasta —muy probablemente— notar la brisa en el rostro. En los poemas de Frost las tormentas nos inquietan, el viento nos hace retroceder y las hojas caen a nuestro alrededor. Pocos poetas resultan tan físicos en sus mecanismos, tan elegantes en sus premisas y tan brutalmente evocadores en la relación con su entorno.

Es justo allí

a mitad de camino entre

el huerto desnudo

y el huerto verde,

cuando las ramas están a punto

de estallar en flor,

en rosa y blanco,

que tememos lo peor.

Pues no hay región
que a cualquier precio

no elija ese tiempo

para una noche de escarcha.

De 1912 a 1915, Frost se marchó a Inglaterra, en el que sería de todos sus viajes el que más profundamente marcaría su vida. Allí conoció al escritor Edward Thomas y los dos se hicieron grandes amigos. Thomas era un hombre indeciso, una suerte de tartamudo vital que creía que tomar cualquier sendero significaba perderse muchos otros que eran igualmente atractivos. Aun sabiendo que tarde o temprano habría que decidirse, Thomas demoraba cualquier decisión hasta que la decisión acababa imponiéndose, como si fuera la decisión la que decidiera. A Frost aquello le pareció remarcable y la incapacidad de su amigo para cerrar puertas inspiro el más famoso de los poemas del estadounidense: «The road not taken» [«El camino no elegido»].

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;
Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.
Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.
Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.

Este poema, un ejemplo de la belleza que asoma en las composiciones del californiano, se convirtió en su legado tanto como «Oh capitán, mi capitán» se convirtió en el del mencionado Whitman. Curiosamente, Frost siempre jugó a no desvelar demasiado del significado de estos versos. Unos vieron en ellos una advertencia: solo en la vejez uno adquiere la clarividencia necesaria para mirar atrás y ver cuál fue ese error (no acostumbramos a recordar los ciertos) que cometió. Otros creen que el poeta se ríe de los que viven en la perpetua duda, los que son —como su amigo Thomas— apóstoles del murmullo. Para algunos «El camino no elegido» es un juego algo perverso en el que Frost habla de dos caminos exactamente iguales, sin matices de ningún tipo, para después acabar concluyendo que le hubiera gustado volver atrás aun sabiendo que no existiría ninguna diferencia en tomar un u otro sendero. Hasta los hay que creen que en el poema subyace algún tipo de acertijo iniciático. Frost dijo una vez, preguntado al respecto, «este es un poema complicado, muy complicado». Y hasta en eso, nadie se pone de acuerdo.

Cuando el poeta volvió a Estados Unidos, obligado por los vientos de guerra que corrían en la vieja Europa, ya era reconocido como un gran poeta. Su aventura al otro lado del Atlántico le había traído fama y fortuna y cuando regresó se dedicó a enviar los mismos manuscritos que habían sido rechazados a los mismos editores que los habían rechazado. Ganó cuatro veces el premio Pulitzer, fue galardonado con todos los parabienes imaginables y hasta fue invitado a la Casa Blanca para leerle un poema a John Fitzgerald Kennedy. Su vista era tan endeble en aquellos días que en lugar de proceder con el programa previsto que consistía en leer una composición que había escrito especialmente a JFK, Frost declamó el único de sus poemas que se sabía de memoria.

Frost escribió de la vida antes de que esta le azotara como la lluvia y el viento golpeaban a los árboles de sus poemas. Más allá de su triste vida familiar, el artista intentó por activa y por pasiva convertirse en un capataz de su propia granja, sin que nada le saliera bien. Lo mismo pasó con el resto de inversiones empresariales que intentó. El poeta solo podía ser poeta, por mucho que él se empeñara en llevarle la contraria al azar.

Para los amantes de la poesía, Robert Frost es, de algún modo, el otoño, la nostalgia y el atardecer. Pero también la imagen del tipo cansado que se sienta en el porche de su casa a observar lo que sucede allí donde los ojos pierden la pista del suelo, o la del viajero que nunca se siente en casa, por mucho que lo intente; o la del solitario, apurando su cerveza en la barra de un bar, en una calle destartalada.

Frost es —muchas veces— la reencarnación del grumete que, tozudo, se agarra al timón del barco, aún sabiendo que ya no hay más aguas que navegar.

Siempre se dice del poeta que escogía las palabras justas, que era sencillo y entendible, que sus versos hablaban del americano de a pie. Todo ello es verdad, pero no lo es menos que su trascendencia en el mundo de la literatura se debe a su capacidad de llenar la mente del lector de lugares que nos recuerdan con intensidad a algo o a alguien; de recorrer con el verbo paisajes que nos reconciliaron con el mundo, de su empeño en hablar de nosotros, de nuestras cosas pequeñas, de nuestros desengaños, de la morriña que nos visita justo antes de dormir.

Este maravilloso poeta, que murió el 29 de enero de 1963, conecta con los que le leen porque sabe que en nuestro interior somos como él: soñadores agarrados al último resto de un naufragio que siguen alzando la cabeza para clavar su mirada en el cielo.

Poemas para leer a escondidas. -Toni García Ramón

Eres. Me basta.

《Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta)》


Ángel González

Y por lo que más quieras, nunca te vendas.

Office Surf

Viaja, viaja sin descanso. Viaja sola y acompañada, en familia y enamorada (no existe nada mejor) viaja con amigos y también —por qué no, con un amante, viaja en primera pero también en apestosos trenes regionales. Tienes que conocer La Mamounia y ver caer el atardecer en la terraza del Fortuny, con un Bellini en la mano (yo me encargaré de esto). Viajar es la única cura (bueno, y unos cuantos libros) que he conocido contra la estupidez.

No acumules trastos, no tengas dos armarios, no pierdas el tiempo soñando con un vestidor. Sólo son cosas, no te definen. Y quizá esta sea la lección más difícil de aprender (a mi me costó toda una vida). Las cosas sólo son cosas: no tengas miedo a deshacerte de ellas, a lo único que has de tener miedo es a no acumular calambres.

No te midas, no dejes cosas por decir, saca la mierda —ya— de la alfombra. Aún no lo ves, pero la vida es jodidamente corta, un día medirás tu vida por las cosas que no hiciste. Ojalá te salgan las cuentas.

Paga tus deudas, aprende a decir no (es lo que diferencia a un tarugo de un Rey) recuerda siempre que nadie te debe nada. Sé fiel. A tu pareja, a tus valores, a tu gente y (también) a ti misma. Esa fidelidad inquebrantable es la única vía que yo he conocido para dormir bien por las noches. Y qué placer, qué importante es dormir bien por las noches.

Lo de la sangre —por mucho que a tu padre le fascine El Padrino, es una soberana gilipollez. Tu familia es tu gente, y tu gente son los que se partirían la cara por ti, en cualquier situación. Nada vale tanto como un buen amigo. Nada.

Bebe vino, aprende a comer, cocina para otros. (…) Come, siempre que puedas, frente al mar. Todo es más fácil frente al mar.

Dedica tu vida a los animales. Cada minuto perdido con ellos valdrá un millón de veces más que muchas de las personas que habitarán tus días.

Es inevitable: la música será tu vida. Escucha lo que sea que escuches —no hagas caso a los carcas, pero haz hueco para Chet Baker, Coltrane, Morricone, Dylan, Miles Davis, Mozart y los Smiths. No hagas puto caso a los infelices que te digan (lo harán, créeme) que no hay que escuchar esto o lo otro. Si te emociona, me sirve.

El cine, el cine —ya lo sabes, fue el mejor diván que pudo tener tu padre: una sala oscura, el silencio, unos títulos de crédito. Las veremos juntos, pero aquí te dejo una letanía: Rojo, Amour, La última noche, Cuentos de la luna pálida de agosto, Chihiro, El Gatopardo, Fresas Salvajes, Nelly y el sr. Arnaud, Los Puentes de Madison, Dublineses, Hannah y sus hermanas, Dersu Uzala, El Río, Tierras de Penumbra, Big Fish, todo Wilder, todo Hitchcock, todo Pixar, todo Buñuel, todo Erice, todo Kubrick. Y claro, aquella pequeña obsesión de tu viejo.

Escribe, escribe sin descanso. No esperes un tema, ni una excusa ni un trabajo: sencillamente escribe. Créeme, todo es más fácil cuando lo ves sobre el papel. Lee hasta que se te caigan los párpados, no lo dejes cuando la vida te reclame horarios (lo hacen tantos…) que leer no sea un recuerdo de tu juventud, que sea una necesidad, una sed: No hay otro camino, y nunca lo hubo.

No es lo que miras, es cómo lo miras. Aprende a mirar. Y a mirar se aprende mirando: exposiciones, calles, vidas, cafés, lienzos, amaneceres y portazos. Un pequeño truco: cuatro ojos ven más que dos.

Aprende a sobrevivir («Quien resiste, gana» en la tumba de Cela) pero que nunca sea suficiente: has de vivir.

Te van a hacer daño (es inevitable) pero te levantarás. Yo estaré ahí, ayudándote un millón de veces. No pretendo que no caigas, tan sólo que aprendas una lección —por pequeña que sea, tras cada caída. Esas lecciones serán tu tesoro.

Date entera.

Y por lo que más quieras, nunca te vendas.

 Jesús Terrés

Y pienso a veces la vida concede extraños privilegios.

beatunquetun

Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces.

Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo.

Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes… Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío.

Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie…». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle.

Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo.

El adiós de Héctor. Arturo Pérez Reverte

Legados.

Artesanía

Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás ahí. «No importa lo que hagas –decía-, en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre».

Fahrenheit 451. Ray Bradbury

Esa clase de tesoros que nadie en el mundo te puede arrebatar.

compro oro

Podía ser un poeta loco aquel mendigo de barba florida, semejante a Walt Whitman, que se paseaba por una calle muy concurrida con un gran cartel colgado del cuello, donde con letras mayúsculas había escrito: compro oro. Toda la ciudad estaba plagada con esta clase de anuncios que incitaban a vender el oro que muchas familias guardan en las gavetas de la cómoda o en la caja fuerte de los bancos, pero el mendigo no servía de reclamo para ninguna casa de empeños. Este mendigo era dueño de un extraño negocio. No le interesaban los relojes, pulseras, collares, monedas, lingotes y medallas que muchos empeñan o malvenden para remediar alguna necesidad en tiempos de crisis. Al mendigo la crisis económica le traía sin cuidado. Un día se le acercó alguien para ofrecerle sus muelas de oro: “No tengo nada que comer. Se las cambio por un pollo frito”, suplicó. El mendigo le dijo: “Solo busco el oro que no tiene precio”.

Este hombre-anuncio podría comprar el oro que se extiende en el mar en un centelleante amanecer, el oro cegador que deja en los rastrojos la siega del trigo en agosto, el oro que madura en los membrillos por San Martín en noviembre, el oro podrido de las hojas muertas de otoño que se lleva el viento. Como era un viejo enamorado también hubiera comprado la trenza de oro que le partía la espalda a aquella muchacha que se llamaba María Berenguela y cada uno de los pelillos de melocotón que brillaban al trasluz en sus brazos y muslos tostados en la playa este verano.

El mendigo solo buscaba esa clase de tesoros que nadie en el mundo te puede arrebatar, el de los cofres de los piratas que solo existían en los cuentos de niños; también mendigaba el oro de cualquier sillar románico cuando el sol lo enciende a media tarde y la luz de oro que emerge de algunos cuadros de Klimt o de Matisse, el de las letras capitulares de los códices de vitela, pero no el oro de las mitras de los papas ni el de las coronas de los reyes. Compraba el oro que nos envuelve como una dádiva, el que se nos hace sabios al contemplarlo: el mosto que fluye de la uva al final de la vendimia y que el crepúsculo dora en la copa de vino que tienes en la mano, ese oro que vuelve siempre a brillar sobre la vida cuando sale el sol cada mañana.

Compro oro Manuel Vicent

Buscad arrecifes y cosas que brillen.

Dive

Tristán, merluzo; Alma, sirena:

Supongo que ya habéis asumido que no sé vivir fuera del Submarino: me ahogaría en cuanto abandonara la isla. Por cierto, habéis dejado esto hecho unos zorros, parece un parque abandonado y los dueños os quieren matar. Además, ahora ya no hay nada de música, ni de la de mierda ni de la de verdad: aquí no cantan ni los loros. (…)

Lo de la noche del mambo fue el canto del delfín, o del cisne. La última vez. La puta hostia. La repanocha, si está leyendo esto la señorita. Nunca pensé que volvería a sentir algo así: volví a la vida, chavales. Pero todo esto es como la canción perfecta: la he vuelto a encontrar, pero tengo miedo de intentar repetirlo y que no me guste. Aquello fue fenómeno, y yo ya tengo mandanga para tirar el tiempo de vida que me quede. Soy un salmón cayendo cansado río abajo, pero vosotros me hicisteis subir hasta la cima otra vez. Y eso ya es fenomenal. Sois unos pirámides cuando queréis.

Tristón, ya sabes que hay dos cosas que no dejan que me mueva: el puto calor y la nostalgia del futuro. Si es que ya lo has entendido, que a veces eres más tonto que el payaso que recibe las hostias. Tristán, Tristón, Tritón, merluzo: aprovecha lo que tienes, acércate a gente como Alma, a gente del futuro aún por descubrir, para activarte tú. Eres un mierda, pero cuando te calientas tienes más fuerza que un ciclón. Deja ya de ver documentales y de leer libros y empieza a vivir las cosas; igual no las vivas tanto como yo, o hazlo de otra forma, pero no te quedes quieto.

Deja que me ponga un poco sentimental, soy un abuelo duro de roer, pero también puedo ponerme tierno como si cantara una canción de amor, soy un hombre maduro muy bien parecido y de acusada sensibilidad: durante un tiempo, yo volví a ser un precioso atún y tú un delfín. Ya sabes que nadan juntos por el océano, en los trópicos o en el Índico, no sé, uno da saltos y el otro conoce el camino de las profundidades, uno es joven y bonito y el otro tiene una carne muy sabrosa (algo que, Alma, sirena, nena, podrías haber comprobado cuando quisieras). Nadie sabe si es el delfín que tira del atún o el atún es que persigue al delfín, pero el caso es que los dos buscan la misma comida y se ayudan. Buscamos las risas, las canciones, los cuentos, los tragos y las mujeres. Bueno, Tritón, en tu caso, las mujeres te encuentran a ti, que si tuvieras que buscarlas tú aún estarías jugando con tu manubrio como si no hubiera un mañana.

Muchas gracias por nadar a mi lado todo este tiempo, Tristón, aunque sé en el fondo de mi corazón que el que debe estar más agradecido por la belleza y experiencia del compañero de viaje eres tú, claro.

Dejadme que me ponga un poco sarasa, en plan Tristán: vosotros sois peces dorados, de los que dibujan círculos elegantes y esquivan los problemas, pero cuidado con los peces globo. Cuidado, de verdad: son peligrosos. Son unos verdaderos cabrones, los peces globo. El veneno de un pez malo puede ser mil doscientas veces más mortal que el cianuro: uno solo puede matar con su veneno a treinta personas. ¡Qué digo a treinta!, ¡a cincuenta, si es cabrón de verdad! Alejaos de la gente que no os quiera, porque os vais a cruzar con muchos peces de ésos.

Villa Verano era la aleta de una ballena azul la hostia de grande, dormida antes que llegarais. Nosotros éramos tan pequeños, nos sentíamos tan mierdecillas, que no sabíamos que aquello no era tierra firme, no sabíamos que aquello  podía llegar a levantarse y llevarnos a algún sitio. Como en el libro aquel que soñaste y que me contaste (que todo lo aprendes en los putos libros). Yo, de hecho, creo que estaba dentro de la ballena: El Submarino debía de ser el estómago de una ballena enorme. Gracias a vosotros, la ballena me escupió. Despertó, yo desperté, la isla voló durante una noche y voló como en tu sueño, y todo gracias a vosotros. Como en el otro libro aquel del que me hablabas, Tristón, los gélidos alienígenas a tomar por culo gracias a la música, los altavoces a toda mecha.

Vosotros sois como el estribillo de una canción, pero los estribillos no se pueden repetir muchas veces. Así que aquí estoy, muy lleno con lo que he vivido con vosotros, tranquilo, perdiéndome algo pero al menos no perdido del todo. No os preocupéis, de verdad, los salmones viejos somos como los peces abismales, o algo así (es decir: los peces del fondo del mar, Tristón, que hay que explicártelo todo): no sabemos consolar incluso estando solos, y no me refiero a consolarnos como lo haces tú, con el cinco contra uno, Tritón. No, nos consolamos con nuestros recuerdos, con lo que hemos comido en agua salada hace ya tiempo. Somos como peces abismales, ¿os lo había dicho? Somos feos, pero a cambio evitamos los arpones y los anzuelos, somos biluzminadores, o algo así, y eso quiere decir que tenemos luz propia, y también un poco de mala leche. Podemos estar a setecientos metros de profundidad, totalmente a oscuras, solos en el Universo, pero también podemos generar nuestra propia luz con el cuerpo y seguir nadando. Mientras nadamos no nos morimos, y os aseguro que llevo toda la vida nadando, así que nado de puta madre.

Alma y Tristán también nadan bien, y eso que Tristán es un renacuajo. Buscad arrecifes y cosas que brillen, nadad con otros peces que conozcan nuevas rutas, atentos a la música eléctrica de las focas y a las crestas de las olas, y a las resacas y a los rayos de sol y a todas las centellas. Nadad más y más. Practicad un poco más. Practicad en aguas dulces. Dentro de un tiempo, os echo una carrera.

Inocente, Capitán Nemo

Carta de ajuste –Hilo musical. Miqui Otero

Al final de todas las religiones y filosofías.

witchoria

Sé perfectamente que el día en que me muera no echaré de menos los grandes acontecimientos que pude haber vivido, sino el perfume del café con tostadas y algunas pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las madrugadas de primavera cuando cantaba el mirlo en el jardín. Si me da un poco de pereza morir es porque ya no podré ir por las mañanas a comprar el periódico ni contemplar de camino en la parada del autobús los rostros frescos de las adolescentes que tienen aún todo el amor por delante.

Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas.También es muy placentero llamar por teléfono a algún amigo a media mañana para que te cuente los últimos rumores. Por un lado está la Crítica de la razón pura, de Kant, y por otro están los chismes. Supongo que los chismes de las tertulias será lo último que uno recuerde con una marca más indeleble que cualquier filosofía, y junto a ello estará la suavidad de un paseo vespertino, algunas puestas de sol, las lecturas de noche en la cama con la amorosa luz de la mesilla. Quisiera saber qué hace llorar a los moribundos más sabios.

Sin duda, sus lágrimas no se deben a los triunfos que consiguieron ni a las grandes tragedias que soportaron sino a los sencillos placeres que experimentaron, a la gente buena que conocieron, a los alimentos que degustaron con parsimonia entre amigos. ¿Qué es la muerte? Tal vez la muerte consiste en no tomar ya más un cruasán crujiente con el café por las mañanas junto al ventanal ni enterarse ya nunca jamás de los resultados del Campeonato de Liga cada domingo. Al final de todas las religiones y filosofías, en medio de tantos dioses, héroes y sueños, resulta que la vida no es sino un conjunto de chismes y un nudo de aromas, una pequeña costumbre cuyos pilares tan sólidos son de humo y salen de ciertas tazas frente a las cuales uno ha sido feliz.

Café sólo Manuel Vicent

Sentirse como un extraterrestre con amnesia.

@beatunquetun

@beatunquetun

«(…) Por eso miro con incredulidad cómo la gente organiza su vida cotidiana al margen de estas evidencias, construyendo un auténtico andamio para sortear al gran elefante que ocupa toda la estancia. Que haya que poner cortinas, comprar verduras, cortarse el pelo y desatascar el váter lo entiendo, no todos están hechos para vivir sobre una columna. ¿Pero asumir que el mantenimiento de toda esta realidad, con su finitud exasperante,es el argumento de la obra? Eso, ESO me escandaliza. Me hace sentir como un extraterrestre con amnesia. Alguien que fue arrojado a este planeta y perdió la memoria en el impacto. Que no sabe de dónde viene pero tiene una intuición imborrable de que no pertenece a esta especie fatalmente interesada en conversaciones de ascensor. Y que, de vez en cuando, encuentra objetos imposibles —restos del choque de la nave, para darlo todo con el símil— que le confirman su auténtica pertenencia.

Uno de estos objetos, el último que encontré, es un libro. Brevísimo: Esto es agua, de David Foster Wallace. La conferencia que impartió en la ceremonia de graduación de la Universidad de Kenyon en 2005. Lo leí en el asiento trasero de un Citroën C2, luchando contra el mareo y leyendo párrafos en voz alta a un niño de tres años con entonación de cuento, para distraerlo: cualquier cosa con tal de acabarlo. Nada podía interponerse entre ese libro y yo porque me estaba dando la vida. Dentro de esa conferencia el escritor habla de la rutina frustrante del adulto que, tras un trabajo agotador, tiene que ir al supermercado porque su nevera está vacía. Describe lo irritante que llega a ser ese proceso, desde el legendario carrito con la rueda torcida hasta la cajera que le desea «”Que tenga un buen día” con una voz que es sin lugar a dudas la misma voz de la muerte». «Pero así será» —continúa unas páginas más adelante—, «después de redundar en el hastío que generan algunas necesidades de la vida adulta —y habrá muchas más rutinas espantosas, irritantes y aparentemente absurdas—. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que es precisamente en esas chorradas nimias y frustrantes como la que os acabo de contar donde entra en juego la tarea de elegir». ¿Elegir qué? Cómo me relaciono con la realidad. En qué fijo mi atención, qué tengo en cuenta. Esas tareas de mantenimiento, poner cortinas, comprar verduras, cortarse el pelo, desatascar el váter, acudir a eventos, saludar a los vecinos, incluso tareas gratas, pasar el día con amigos, elegir una película, la primera cita con el hombre del que se ha enamorado, hasta acontecimientos que no son tareas y cuya promesa de felicidad es tan imponente que convierte su finitud en algo mucho más doloroso; todas estas cosas no son el argumento de la obra, pero de cómo las miramos, dice Foster Wallace (y yo aplaudo entusiasta mientras lo leo) depende cómo vivimos. Puede ser con la conciencia de «algo no solo lleno de sentido sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad última de todas las cosas» (¡y habla del supermercado!). «La alternativa es la inconsciencia, la configuración por defecto, la competitividad febril: la sensación constante y agobiante de que has tenido algo infinito y lo has perdido». Así que en esto consiste la verdad de cada momento. «La verdad con V mayúscula (…) tiene que ver con llegar a los treinta años, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza». Y con su propio final el autor confirmaba hasta qué punto tenía razón, cómo esa y no otra es la cuestión fundamental.

Así que cierro el libro a mitad del viaje, sin aliento. ¿Y después? Uno termina de leer estos textos, tener ciertas conversaciones, mirar a ciertas personas, escuchar ciertas canciones… esas cosas que relegamos a anécdota de la vida privada burguesa. Pero son esas cosas que en realidad contienen una descarga eléctrica que nos llena de lucidez durante unos momentos fragilísimos, en los que basta una llamada telefónica para hacerlos parecer ridículos e irreales. Uno termina de leer estos libros y decide si tomarse en serio esa epifanía privada y convertirla en el criterio último de las decisiones vitales, es decir, también las banales: dónde vamos de vacaciones, qué hacemos esta noche, qué trabajo busco, en qué gasto el dinero. O bien seguir con la inconsciencia, la configuración por defecto, dedicando todos nuestros recursos a silenciar la agobiante y constante sensación de que hemos tenido algo infinito y lo hemos perdido. Que nunca desaparecerá, como sabía Rosalía de Castro.

Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.

Si ha llegado hasta este último párrafo puede que usted también sea de mi planeta. Quién sabe, quizás también lo sea toda esa gente y solo nos diferencian grados de amnesia.»

Ustedes van a morirLupe de la Vallina

Llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta.

Roll the Dice

Si vas a intentarlo, ve hasta el final, de lo contrario, no empieces siquiera. Tal vez suponga perder novias, esposas, familia, trabajo, y quizá, la cabeza. Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días. Tal vez suponga helarte en el banco de un parque. Tal vez suponga la cárcel. Tal vez suponga humillación. Tal vez suponga desdén, aislamiento…el aislamiento es el premio. Todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia, tus autenticas ganas de hacerlo.Y lo harás, a pesar del rechazo y de las ínfimas probabilidades.Y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar. Si vas a intentarlo, ve hasta el final. No existe una sensación igual. Estarás solo, con los dioses, y las noches arderán en llamas. Llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta. Es por lo único que vale la pena luchar.

Si vas a intentarlo -Charles Bukowski